sábado, diciembre 26

Querido Miguel, de Natalia Ginzburg




"...Una mujer llamada Adriana se levantó de la cama en su nueva casa. Estaba nevando. Aquel día era su cumpleaños. Cumplía cuarenta y tres. La casa estaba en pleno campo. 
A lo lejos se veía el pueblo sobre una pequeña colina. El pueblo estaba a dos kilómetros. La ciudad a quince. Hacía diez días que la mujer se había venido a vivir a esta casa. Se puso una bata de encaje color tabaco. Metió los pies, largos y flacos, en unas pantuflas color tabaco, deshilachadas, adornadas de piel blanca muy sucia y raída. Bajó a la cocina, se preparó una taza de Nescafé y se lo tomó mojando muchas galletas. Encima de la mesa había unas mondaduras de manzana y las envolvió en un papel de periódico, con destino a unos conejos que no le habían traído todavía, pero que le había prometido el lechero.
Luego fue al cuarto de estar y abrió las contraventanas. En el espejo colgado encima del sofá saludó a aquella figura alta que la estaba mirando con su melena de cobre corta y ondulada, la cabeza pequeña, el cuello largo y firme y unos ojos verdes rasgados y tristes. Luego se sentó delante del buró y se puso a escribir una carta al único hijo varón que tenía.
 
Querido Miguel —decía—. Te escribo sobre todo para decirte que tu padre no está nada bien. Vete a verlo. Dice que hace mucho que no te ve. Yo estuve ayer. Era primer jueves de mes. Le estuve esperando en el café Canova y me telefoneó allí su criado para decirme que se encontraba mal. Así que subí. Estaba en la cama. Lo encontré muy desmejorado, con muchas ojeras y un color que no me gusta nada. Tiene dolores en la boca del estómago. Ya no come ni poco ni mucho. Y sigue fumando, claro.
Si vas a verlo, no se te ocurra llevar, como siempre, veinticinco pares de calcetines sucios. Ese criado, que se llama Quico o Federico, no me acuerdo, no está en estos momentos como para hacerse cargo de tu ropa sucia. Está atontado y como ido. No duerme bien porque tu padre le llama por las noches.
Además es la primera vez que trabaja como criado porque antes estaba empleado en un taller de reparación de coches, y, por si fuera poco, es un imbécil integral. Si tienes ropa sucia, tráemela a mí.
Tengo una chica que se llama Cloti. Ha venido hace cinco días. No es simpática. Y como al fin la cara larga la tiene siempre y las relaciones con ella son ya de por sí tirantes, si llegas tú con una maleta llena de ropa para lavar y planchar, da igual, la puedes traer. De todas maneras, te recuerdo que hay buenas lavanderías, incluso ahí, cerca del sótano donde vives. Y ya tienes edad de ocuparte por ti mismo de tus cosas.
Dentro de poco vas a cumplir veintidós años. Por cierto, hoy es mi cumpleaños. Las gemelas me han regalado un par de zapatillas. Pero yo les tengo demasiado apego a mis viejas pantuflas. 
También quería decirte que si todas las noches te lavaras el pañuelo y los calcetines, en vez de amontonarlos sucios debajo de la cama durante semanas enteras, sería estupendo;  pero es una cosa que nunca he conseguido meterte en la cabeza.  Estuve esperando al médico. Es un tal Povo o Covo, no lo entendí bien.Vive en el piso de arriba. No logré enterarme de lo que opina sobre la enfermedad de tu padre. Dice que tiene úlcera, como si eso no estuviéramos hartos de saberlo. Dice que habría que internarlo, pero a tu padre de la clínica no se le puede ni hablar. A lo mejor piensas que yo debía mudarme a casa de tu padre para cuidarlo. A mí también algunas veces se me pasa la idea por la cabeza, pero creo que no lo voy a hacer. Me asustan las enfermedades; las de los demás, las mías no, pero es que yo casi nunca he estado mala. Cuando mi padre tuvo la diverticulitis, fui a verle a Holanda.
Pero sabía de sobra que no era diverticulitis. Era cáncer. Así que no me quedé y se murió sin estar yo allí. Me remuerde la conciencia. Pero la verdad es que al llegar a cierta edad, los remordimientos los mojamos en el café del desayuno, como las galletas.
Y luego que si me presentase yo allí mañana con mi maleta, a saber cuál sería la reacción de tu padre. Ya hace muchos años que le intimido. Y él también a mí me intimida. 
No hay nada peor que la timidez entre dos personas que se han aborrecido. Ya no son capaces de decirse nada. Se agradecen
mutuamente que el otro no las hiera ni las arañe, pero tal modalidad de gratitud no encuentra el camino de las palabras.
Después de nuestra separación, tu padre y yo cogimos esa tediosa y civilizada costumbre de juntarnos a tomar un té en el Canova todos los primeros jueves de mes. Era una costumbre que no tenía nada que ver ni con él ni conmigo... Desde que naciste se le ha metido en la cabeza que eres la única cosa en el mundo digna de ternura y veneración.
Hablábamos de ti. Pero él enseguida salía con que yo a ti nunca te he entendido y que el único que te conoce a fondo es él. Y con esto se daba por cerrada la conversación. Era tal el miedo que teníamos a contradecirnos uno a otro que cualquier discusión nos parecía arriesgada y la descartábamos.
Vosotros estabais al tanto de que nos veíamos allí aquellas tardes, pero lo que no sabíais es que había sido el primo ése que Dios confunda quien nos lo aconsejó. Me doy cuenta de que vengo usando el pretérito imperfecto, pero realmente es que creo que tu padre se encuentra muy mal y que no volveremos a vernos en el Canova ningún primer jueves de mes.
Si tú no fueras tan calamidad, te diría que dejaras el sótano y te fueras a vivir otra vez a la calle de San Sebastianello. Podrías ser tú quien se levantara por las noches en vez del criado. En el fondo, no tienes ningún quehacer concreto. Viola tiene que atender su casa y Angélica a la niña y a
su trabajo. Las gemelas tienen sus clases y además son pequeñas. Tu padre, por otra parte, a las gemelas no las aguanta; y tampoco creas que aguanta mucho a Viola ni a Angélica. En lo tocante a sus hermanas, Cecilia está vieja y Matilde y él se detestan. Matilde ahora vive conmigo y se quedará todo el invierno.
Total que eres tú la única persona en este mundo a la que tu padre quiere y aguanta. Y, sin embargo, me doy cuenta de que, siendo como eres, es mejor que te quedes en tu sótano. Si te mudases a casa de tu padre, multiplicarías el desorden y al criado lo volverías loco...
Te confieso que la razón más decisiva fue la de mi rechazo a seguirme encontrando con Felipe. Vive a dos pasos de la calle Villini y siempre me estaba topando con él. Me resultaba muy violento. Está bien. Su mujer espera un niño para esta primavera. ¿Por qué,
Dios mío, seguirán naciendo tantos niños, si la gente está harta y ya no los puede aguantar? Están demasiado vistos, los niños.
Te voy a dejar y a darle la carta a Matilde, que sale a hacer la compra. Yo me quedaré viendo nevar y leyendo los Pensamientos de Pascal.
              Tu madre.




Querida Angélica:
Me tuve que largar a toda prisa, porque me telefonearon para darme la noticia de que han detenido a Anselmo. Te llamé desde el aeropuerto, pero no estabas.
Le entrego esta carta a un muchacho que te la llevará en mano. Se llama Ray y lo he conocido aquí. Es de Ostende. Es de fiar. Dale albergue, si tienes cama libre. Tiene que quedarse en Roma por algunos días.
Necesito que vayas a mi casa lo antes posible. Pídele a Osvaldo las llaves con cualquier pretexto. Le dices que necesitas un libro, o lo que te dé la gana. Ah, y se me olvidaba, llévate un maletín o una bolsa de viaje. Dentro de mi estufa encontrarás una metralleta desmontada y envuelta en una toalla. Me olvidé completamente de ella cuando salí de ahí, por raro que te parezca. Un amigo mío que se llama Oliverio me la
llevó hace unas semanas, porque tenía miedo de que hicieran un registro en su casa. Le dije que la escondiera en la estufa. No encendía nunca esa estufa.
Funciona con leña y yo nunca tenía leña. Luego me olvidé de la existencia de esta
metralleta. Pero en el avión me acordé de repente. Estaba volando, en medio de las nubes, y me encontré sin más ni más cubierto de un sudor que hervía. Dicen que es un sudor frío el del miedo. Pues no. A veces hierve. Me tuve que quitar el jersey. Así que coge la metralleta ésa y métela en el maletín o en la bolsa que lleves. Entrégasela a alguien que no pueda despertar ninguna sospecha. Por ejemplo a esa mujer que te viene a limpiar la casa. O si no devuélvesela a ese Oliverio. Se llama Oliverio Marzullo. Sus señas no las sé, pero las puedes conseguir por alguien. Pero
además, ahora que lo pienso, esa metralleta está tan vieja y tan oxidada que incluso podías tirarla al Tíber. Esta pejiguera no se la echo encima a Osvaldo, sino a ti. Es más, preferiría que Osvaldo no se enterase. No quiero que me tome por un imbécil total. Pero
en fin, si te apetece contárselo, cuéntaselo. En el fondo que me tome o me deje de tomar por un imbécil es algo que me trae sin cuidado.
Naturalmente tenía el pasaporte caducado, y naturalmente también Osvaldo me ha ayudado a renovarlo. Todo en unas cuantas horas. En el
aeropuerto estaba también Gianni y hemos tenido una discusión, porque dice Gianni que en nuestro grupo hay infiltrado un espía fascista. Y que incluso puede que más de uno. Estoy seguro de que ve visiones. Gianni no
piensa salir de Roma. Se limitará a cambiar todas las noches de domicilio.
Subí un momento a ver a papá antes de venirme. Osvaldo se quedó esperándome en el coche. Papá estaba profundamente dormido. Lo he encontrado muy envejecido y mal.
Yo estoy bien. Tengo un cuarto largo y estrecho, con el papel de la pared despegado. Todo en esta pensión es largo y estrecho. Hay un pasillo, y a este pasillo dan los dormitorios. Somos cinco huéspedes. Cuesta cuatro libras esterlinas a la semana. La dueña es una judía rumana que vende cremas de
belleza.
Cuando puedas, vete a ver a una chica amiga mía que vive en la calle Prefetti. Del número no me acuerdo, pero Osvaldo lo sabe. Se llama Mara Castorelli y acaba de tener un niño. Yo
le di dinero para que abortara, pero no quiso. Ese niño hasta podría ser hijo mío, porque me he acostado alguna vez con Mara. Claro que ella se ha acostado con mucha gente. Llévale un poco de dinero, si puedes.
                                  Miguel"

-Texto, Natalia Ginzburg / Imágenes, Selena Maestrini-
 

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