sábado, diciembre 26

Querido Miguel, de Natalia Ginzburg




"...Una mujer llamada Adriana se levantó de la cama en su nueva casa. Estaba nevando. Aquel día era su cumpleaños. Cumplía cuarenta y tres. La casa estaba en pleno campo. 
A lo lejos se veía el pueblo sobre una pequeña colina. El pueblo estaba a dos kilómetros. La ciudad a quince. Hacía diez días que la mujer se había venido a vivir a esta casa. Se puso una bata de encaje color tabaco. Metió los pies, largos y flacos, en unas pantuflas color tabaco, deshilachadas, adornadas de piel blanca muy sucia y raída. Bajó a la cocina, se preparó una taza de Nescafé y se lo tomó mojando muchas galletas. Encima de la mesa había unas mondaduras de manzana y las envolvió en un papel de periódico, con destino a unos conejos que no le habían traído todavía, pero que le había prometido el lechero.
Luego fue al cuarto de estar y abrió las contraventanas. En el espejo colgado encima del sofá saludó a aquella figura alta que la estaba mirando con su melena de cobre corta y ondulada, la cabeza pequeña, el cuello largo y firme y unos ojos verdes rasgados y tristes. Luego se sentó delante del buró y se puso a escribir una carta al único hijo varón que tenía.
 
Querido Miguel —decía—. Te escribo sobre todo para decirte que tu padre no está nada bien. Vete a verlo. Dice que hace mucho que no te ve. Yo estuve ayer. Era primer jueves de mes. Le estuve esperando en el café Canova y me telefoneó allí su criado para decirme que se encontraba mal. Así que subí. Estaba en la cama. Lo encontré muy desmejorado, con muchas ojeras y un color que no me gusta nada. Tiene dolores en la boca del estómago. Ya no come ni poco ni mucho. Y sigue fumando, claro.
Si vas a verlo, no se te ocurra llevar, como siempre, veinticinco pares de calcetines sucios. Ese criado, que se llama Quico o Federico, no me acuerdo, no está en estos momentos como para hacerse cargo de tu ropa sucia. Está atontado y como ido. No duerme bien porque tu padre le llama por las noches.
Además es la primera vez que trabaja como criado porque antes estaba empleado en un taller de reparación de coches, y, por si fuera poco, es un imbécil integral. Si tienes ropa sucia, tráemela a mí.
Tengo una chica que se llama Cloti. Ha venido hace cinco días. No es simpática. Y como al fin la cara larga la tiene siempre y las relaciones con ella son ya de por sí tirantes, si llegas tú con una maleta llena de ropa para lavar y planchar, da igual, la puedes traer. De todas maneras, te recuerdo que hay buenas lavanderías, incluso ahí, cerca del sótano donde vives. Y ya tienes edad de ocuparte por ti mismo de tus cosas.
Dentro de poco vas a cumplir veintidós años. Por cierto, hoy es mi cumpleaños. Las gemelas me han regalado un par de zapatillas. Pero yo les tengo demasiado apego a mis viejas pantuflas. 
También quería decirte que si todas las noches te lavaras el pañuelo y los calcetines, en vez de amontonarlos sucios debajo de la cama durante semanas enteras, sería estupendo;  pero es una cosa que nunca he conseguido meterte en la cabeza.  Estuve esperando al médico. Es un tal Povo o Covo, no lo entendí bien.Vive en el piso de arriba. No logré enterarme de lo que opina sobre la enfermedad de tu padre. Dice que tiene úlcera, como si eso no estuviéramos hartos de saberlo. Dice que habría que internarlo, pero a tu padre de la clínica no se le puede ni hablar. A lo mejor piensas que yo debía mudarme a casa de tu padre para cuidarlo. A mí también algunas veces se me pasa la idea por la cabeza, pero creo que no lo voy a hacer. Me asustan las enfermedades; las de los demás, las mías no, pero es que yo casi nunca he estado mala. Cuando mi padre tuvo la diverticulitis, fui a verle a Holanda.
Pero sabía de sobra que no era diverticulitis. Era cáncer. Así que no me quedé y se murió sin estar yo allí. Me remuerde la conciencia. Pero la verdad es que al llegar a cierta edad, los remordimientos los mojamos en el café del desayuno, como las galletas.
Y luego que si me presentase yo allí mañana con mi maleta, a saber cuál sería la reacción de tu padre. Ya hace muchos años que le intimido. Y él también a mí me intimida. 
No hay nada peor que la timidez entre dos personas que se han aborrecido. Ya no son capaces de decirse nada. Se agradecen
mutuamente que el otro no las hiera ni las arañe, pero tal modalidad de gratitud no encuentra el camino de las palabras.
Después de nuestra separación, tu padre y yo cogimos esa tediosa y civilizada costumbre de juntarnos a tomar un té en el Canova todos los primeros jueves de mes. Era una costumbre que no tenía nada que ver ni con él ni conmigo... Desde que naciste se le ha metido en la cabeza que eres la única cosa en el mundo digna de ternura y veneración.
Hablábamos de ti. Pero él enseguida salía con que yo a ti nunca te he entendido y que el único que te conoce a fondo es él. Y con esto se daba por cerrada la conversación. Era tal el miedo que teníamos a contradecirnos uno a otro que cualquier discusión nos parecía arriesgada y la descartábamos.
Vosotros estabais al tanto de que nos veíamos allí aquellas tardes, pero lo que no sabíais es que había sido el primo ése que Dios confunda quien nos lo aconsejó. Me doy cuenta de que vengo usando el pretérito imperfecto, pero realmente es que creo que tu padre se encuentra muy mal y que no volveremos a vernos en el Canova ningún primer jueves de mes.
Si tú no fueras tan calamidad, te diría que dejaras el sótano y te fueras a vivir otra vez a la calle de San Sebastianello. Podrías ser tú quien se levantara por las noches en vez del criado. En el fondo, no tienes ningún quehacer concreto. Viola tiene que atender su casa y Angélica a la niña y a
su trabajo. Las gemelas tienen sus clases y además son pequeñas. Tu padre, por otra parte, a las gemelas no las aguanta; y tampoco creas que aguanta mucho a Viola ni a Angélica. En lo tocante a sus hermanas, Cecilia está vieja y Matilde y él se detestan. Matilde ahora vive conmigo y se quedará todo el invierno.
Total que eres tú la única persona en este mundo a la que tu padre quiere y aguanta. Y, sin embargo, me doy cuenta de que, siendo como eres, es mejor que te quedes en tu sótano. Si te mudases a casa de tu padre, multiplicarías el desorden y al criado lo volverías loco...
Te confieso que la razón más decisiva fue la de mi rechazo a seguirme encontrando con Felipe. Vive a dos pasos de la calle Villini y siempre me estaba topando con él. Me resultaba muy violento. Está bien. Su mujer espera un niño para esta primavera. ¿Por qué,
Dios mío, seguirán naciendo tantos niños, si la gente está harta y ya no los puede aguantar? Están demasiado vistos, los niños.
Te voy a dejar y a darle la carta a Matilde, que sale a hacer la compra. Yo me quedaré viendo nevar y leyendo los Pensamientos de Pascal.
              Tu madre.




Querida Angélica:
Me tuve que largar a toda prisa, porque me telefonearon para darme la noticia de que han detenido a Anselmo. Te llamé desde el aeropuerto, pero no estabas.
Le entrego esta carta a un muchacho que te la llevará en mano. Se llama Ray y lo he conocido aquí. Es de Ostende. Es de fiar. Dale albergue, si tienes cama libre. Tiene que quedarse en Roma por algunos días.
Necesito que vayas a mi casa lo antes posible. Pídele a Osvaldo las llaves con cualquier pretexto. Le dices que necesitas un libro, o lo que te dé la gana. Ah, y se me olvidaba, llévate un maletín o una bolsa de viaje. Dentro de mi estufa encontrarás una metralleta desmontada y envuelta en una toalla. Me olvidé completamente de ella cuando salí de ahí, por raro que te parezca. Un amigo mío que se llama Oliverio me la
llevó hace unas semanas, porque tenía miedo de que hicieran un registro en su casa. Le dije que la escondiera en la estufa. No encendía nunca esa estufa.
Funciona con leña y yo nunca tenía leña. Luego me olvidé de la existencia de esta
metralleta. Pero en el avión me acordé de repente. Estaba volando, en medio de las nubes, y me encontré sin más ni más cubierto de un sudor que hervía. Dicen que es un sudor frío el del miedo. Pues no. A veces hierve. Me tuve que quitar el jersey. Así que coge la metralleta ésa y métela en el maletín o en la bolsa que lleves. Entrégasela a alguien que no pueda despertar ninguna sospecha. Por ejemplo a esa mujer que te viene a limpiar la casa. O si no devuélvesela a ese Oliverio. Se llama Oliverio Marzullo. Sus señas no las sé, pero las puedes conseguir por alguien. Pero
además, ahora que lo pienso, esa metralleta está tan vieja y tan oxidada que incluso podías tirarla al Tíber. Esta pejiguera no se la echo encima a Osvaldo, sino a ti. Es más, preferiría que Osvaldo no se enterase. No quiero que me tome por un imbécil total. Pero
en fin, si te apetece contárselo, cuéntaselo. En el fondo que me tome o me deje de tomar por un imbécil es algo que me trae sin cuidado.
Naturalmente tenía el pasaporte caducado, y naturalmente también Osvaldo me ha ayudado a renovarlo. Todo en unas cuantas horas. En el
aeropuerto estaba también Gianni y hemos tenido una discusión, porque dice Gianni que en nuestro grupo hay infiltrado un espía fascista. Y que incluso puede que más de uno. Estoy seguro de que ve visiones. Gianni no
piensa salir de Roma. Se limitará a cambiar todas las noches de domicilio.
Subí un momento a ver a papá antes de venirme. Osvaldo se quedó esperándome en el coche. Papá estaba profundamente dormido. Lo he encontrado muy envejecido y mal.
Yo estoy bien. Tengo un cuarto largo y estrecho, con el papel de la pared despegado. Todo en esta pensión es largo y estrecho. Hay un pasillo, y a este pasillo dan los dormitorios. Somos cinco huéspedes. Cuesta cuatro libras esterlinas a la semana. La dueña es una judía rumana que vende cremas de
belleza.
Cuando puedas, vete a ver a una chica amiga mía que vive en la calle Prefetti. Del número no me acuerdo, pero Osvaldo lo sabe. Se llama Mara Castorelli y acaba de tener un niño. Yo
le di dinero para que abortara, pero no quiso. Ese niño hasta podría ser hijo mío, porque me he acostado alguna vez con Mara. Claro que ella se ha acostado con mucha gente. Llévale un poco de dinero, si puedes.
                                  Miguel"

-Texto, Natalia Ginzburg / Imágenes, Selena Maestrini-
 

martes, diciembre 22

“El sexo de las locas”, Néstor Perlongher.

Triste y lamentable que en nuestros tiempos, la derecha que nos gobierna y un 51% de los argentinos, continúen votando y sosteniendo una visión del Otro desde el basural de la esquina y sus despojos. Daniela De Angelis


 
El sufrimiento es muy grande antes de llegar al goce.                                                                                                                                                                  Dante Panzeri

Al llegar a Buenos Aires, hace un par de meses, quedé sorprendido por el estado de las alusiones a la homosexualidad. En un muro de San Telmo una consigna prometía: "El 28 se lo tocamos, el 30 se lo rompemos". En la madrugada del 10 de diciembre, un grupo de demócratas fervorosos hostigaban a los policías que custodiaban la Casa Rosada al grito de "Quieren pija". Tomo un taxi y el chofer me comenta: "Seguro que los oficiales de las Malvinas se los pasaron a todos los gurkas". El fantasma gurka es reflotado por uno de los Chicos de la Guerra en una entrevista a El Porteño (set. 83): "Un compañero mío me habló de los gurkas, llevaban una perla en la oreja izquierda o en la derecha, y la ubicación representaba al homosexual pasivo o activo" (Pablo Macharowsky, clase 63). En el mismo reportaje otro conscripto da a entender que los soldados tenían, de antemano, cierto training: "Cuando yo estuve en Córdoba, antes de ir a las Malvinas, y nos daban franco porque no había qué darnos de comer, aparecían los 'tíos' o 'soplanucas', como les llaman, a esos tipos que te dan casa y todos los placeres a cambio de una relación sexual. Yo digo que hay que tener mucho estómago pero ante ciertas situaciones te olvidás del estómago" (Marcos García, clase 62
).

En efecto, el hambre (el ragú) hace olvidar el estómago. Una vueltita por Lavalle nos dejará ver que, a la luz del tímido destape, colimbas desamparados han retomado sus posiciones, erizando las pestañas de acicalados señoritos. Un fantasma corroe nuestras instituciones: la homosexualidad. Habría que retrotraerse al Freud de la Psicología de las Masas (1920) para hablar de la naturaleza homosexual del vínculo libidinal que enlaza a las instituciones masculinas como el Ejército y la Iglesia. Esa homosexualidad es "sublimada", pero el mismo Freud sugiere que el amor homosexual es el que mejor se adapta a esos "lazos colectivos" masculinos. Quien haya hecho la colimba en Pigüé o el seminario en Luján, podrá prescindir de Freud. Claro que la eclosión del deseo homosexual está severamente castigada por los códigos divinos y militares. Estos últimos -por lo menos era así hacia 1970- condenan al activo a una pena
 En cambio, el activo es un vicioso.
Que la preocupación por la homosexualidad -y por la moral en general- consterna a nuestros militares, es un hecho. La primera mención oficial a la homosexualidad aparece, oblicuamente, en 1932, bajo la dictadura de Justo, bajo la forma de una "orden del día" que punía a los sospechosos de pederastía que frecuentaren menores de edad (frecuentar no quiere decir acostarse, puede ser tomar un café con leche a la salida del kindergarten). Sobreviene luego, en 1942, el escándalo del Colegio Militar: el descubrimiento de la participación de cadetes en orgías homosexuales, sibilinamente fotografiadas, no sólo anticipa el pornoshop: instaura una mácula que nuestros próceres se preocuparán, desde entonces, por borrar. Ya en 1946, la pederastía se revela como "homo-sexualidad" (así con guión); el artículo 207 del Reglamento de Procedimientos Contravencionales de la Policía Federal, reprime "las reuniones privadas de homosexuales; de la misma época es el temible (¡por tan usado!) art. 2º H, que pune "incitar al acto carnal en la vía pública". Empero, la noción misma de homosexualidad no es desentrañada en el Reglamento: se sabrá quién es homosexual por "antecedentes", o "bajo la firma del Jefe del Departamento". La relativa juventud de estas condenas desmiente la pretensión de la normalidad de presentarse como arcaica y a-histórica. Marca que la normalidad precisa de la represión policial para imponerse no es tan "espontánea" cuanto pretende. Si no estuviese prohibido, ¿entraríamos todos (y todas) en la joda?
No lo sabremos: por el momento te dan palos. Las locas, a la manera panzeriana, tenemos de qué quejarnos. Ahora el horror del genocidio -producto, también de la normalidad militar: hay fotos de Hitler acariciando niñas- ha develado la pesadilla de secuestros y desapariciones, de lo que no se hablaba antes. Sin embargo, allá por el 69 (bajo Onganía), haciendo mis primeros trabajos de campo, un muchacho muy bien vestido me invitó a subir a un auto. Accedo, allí hay otros dos que se acarician para mostrarme que son "entendidos". Resultado: tres horas de pánico y pálida. Despojada de mis bienes, una puta me dio dinero para volver al centro. Bajo del tren (había ido a parar a Olivos), y me para la cana. ¿La sospecha?: homosexualidad.
Hablar de homosexualidad en la Argentina no es sólo hablar de goce sino también de
terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos, que los sujetos tenidos por "homosexuales", padecen tradicionalmente en la Argentina –donde agredir putos es un deporte popular- anteceden, y tal vez ayuden a explicar, el genocidio de la dictadura. Dice Carlos Franqui que en la Cuba castrista la lucha no era revolucionarios vs. contrarrevolucionarios, eran machos contra maricones. Acá los machos no han precisado de una revolución para matar putos. Y hay que decirlo: muchos de esos normales, con sus modales bieneducados, blanduzcos, genuflexos, han sido cómplices de esa pesadilla cotidiana, con sus prejuicios, su hipocresía, su recusa a hablar del tema. Recordemos lo que Evita le dice a Paco Jamandreu (quien lo cuenta en sus memorias), cuando éste la llama desde una comisaría: "Jódase por puto".
Pero ¿dónde está el goce? ¿Qué pensar de esos muchachones que raptan a una loca para "verduguearla"? ¿De esos policías que -se rumorea- hacían cursos especiales para reconocer homosexuales (y lesbianas) por el espesor de sus orejas? ¿Qué pasa con la homosexualidad, con la sexualidad en general, en la Argentina, para que actos tan inocuos como el roce de una lengua en un glande, en un esfínter, sea capaz de suscitar tanta movilización –concretamente, la erección de todo un apara lo policial,.social, familiar, destinado a "perseguir la homosexualidad"? Cuando por el 74 el órgano fascista El Caudillo llamaba a "acabar con los homosexuales", podía leerse en ese "acabar" algo más que un lapsus.
Para dar un ejemplo familiar, mi papá -porque las locas también tienen papá-, mientras yo estaba en el Brasil, a mil kilómetros de distancia, se desvelaba (literalmente) pensando qué miembros de qué negros estarían profanando el ano sagrado de su hijito -reservado sólo para la caquita. Y mamá -que sería una loca sin madre, "deseoso es aquél que huye de su madre", dice Lezama Lima-, que se enorgullecía de que su apodrecido corazón saliese retratado, como caso raro, en una revista médica, decía que la homosexualidad era -como el bocio- una enfermedad. Bueno, le dije yo, entonces si vos me contás tus síntomas yo puedo contarte los míos. Se puede hablar del dolor, mas no del goce. ¿De
dónde viene esa infatigable preocupación por los culos -o las lenguas- ajenas? En ella participan también nuestros castos políticos. Recuérdese a la JP del 73 gritando: "No somos putos, no somos faloperos..." O: "Para un gorila no hay nada mejor / que romperle el culo con todo mi amor". Tanto me identifiqué con esa consigna que estuve a punto de entregarme a la Libertadora... Pero me hubiera encontrado -como vi hace poco en Rosario- con los cartelones de la Liga de la Decencia convocando a luchar contra la Pomografía que amenaza la paz de los hogares...
Ay, qué miedo. La inmoralidad nos pringa. Recuerdo lo que me dijo una vez un muchachito "activo" (vulgo chongo): "No me doy vuelta porque tengo miedo que después me guste". El prohibicionismo sexual atiza el miedo a un deseo borroso. Erige un Paradiso policial para oponerlo a un Infierno perverso. Al mismo tiempo, es la perversidad de ese infierno orgiástico que imagina, lo que le da manija para funcionar.
La paranoia antisexual nos hace creer que, si se nos dilata el esfínter o se nos enciende la tetilla, nos "damos vuelta". Nos pasamos del otro lado, ¿Adónde vamos a parar? Libertad Lamarque se lo preguntaba ya en "Fru Fru” por los 40; "Adónde va la moda con tanta innovación?".
La censura mantiene viva la ilusión de que con la perversión "pasa algo", y que ese "algo" es un horror. ¿Habrá horror? Donde sí hay horror –palpable- es en la represión.
Será cierto que en la tortura hay un goce pero, como decía el mismo Sade: "Hasta la perversión exige cierto orden". Si la pasión era juntar cadáveres, ¿no se les fue un poco la mano?
La perversión es, en verdad, objeto de un ordenamiento. Ese orden no sólo la reprime, sino también la clasifica. Diferencia a los sujetos según sus goces: hornosexual o heterosexual, vaginal o clitoridiano, anal o bucal, por el pene o por el dedo gordo. La pretensión de definir a un sujeto conforme a su elección de objeto sexual es mitológica, pero es una mitología que funciona. No funciona desde hace tanto tiempo, es cierto: por ejemplo, la noción de homosexualidad es literalmente inventada en el siglo XIX -fruto de una combinatoria del saber médico y el poder de policía. No pretendo entrar en una discusión teórica sobre el concepto de homosexualidad.
Pero lo menos que se puede decir de él es que es muy pobre. Iguala, bajo un denominador común, la infinidad de actos sexuales a los que un sujeto puede abocarse con otros del mismo "sexo" (aunque no siempre del mismo género). Pero, ¿qué tiene que ver una "relación de pareja" gay, con un soplido practicado a los pedos en el baño de un subte? Por otra parte, un acto sexual, aun cuando practicado con la misma persona, suele ser diferente de otro -en ese plano la rutina es esgrimida, tanto homo como heterosexualmente, como motivación para el divorcio, legal o no.
Entonces, cuando se cuestiona la normalidad, cabe cuestionar también la pretensión de clasificar a los sujetos según con quién se acuestan. Pero lo que confunde las cosas es que la normalidad alza los estandartes de la heterosexualidad, se presenta como sinónimo de heterosexualidad conyugalizada y monogámica. Eso abre las puertas para una tentación: reivindicar la homosexualidad "revolucionaria" vs. la heterosexualidad "reaccionaria". Algunos hechos, empero, sabotean estas simplificaciones: la marica casada, el chongo que sale con minas y hace de tanto en tanto una escapadita por Charcas, un travesti que dice de su amante: "Él no es homosexual, ni activo ni pasivo.
Él es hombre, hombre; le gustan las mujeres. Yo le he preguntado por qué está conmigo y lo único que me responde es que me quiere" (Revista Shock, dic. 83). El amor, a la manera de los románticos, hace saltar las convenciones sociales, las clasificaciones. Pero alguien podrá argüir: Todos esos son homosexuales no asumidos, o incorrectamente asumidos. En verdad, gran parte del movimiento gay (como el Grupo Gay de Bahía, Brasil) parece avanzar, con contradicciones, en esa dirección. Y ello parece casi lógico: ante la persecución, lo instintivo es refugiarse -en este caso constituir una fortaleza homosexual que resista a la dictadura heterosexual. Si es así, cada uno tiene que definirse, que "identificarse", que “asumirse”: homo o helero. El riesgo, es que se apunta a la constitución de un territorio homosexual -una especie de minisionismo- que conforma no una subversión, sino una ampliación de la normalidad, la instauración de una suerte de normalidad paralela, de una normalidad dividida entre gays y straights. Tranquiliza de paso a los straights, que pueden así sacarse la homosexualidad de encima y depositarla en otro lado.
Esta normalización de la homosexualidad erige, además, una personología y una moda, la del modelo gay. Siendo más concretos, una posibilidad personológica -el gaypasa a tomarse como modelo de conducta. Este operativo de normalización arroja a los bordes a los nuevos marginados, los excluidos de la fiesta: travestis, locas, chongos, gronchos -que en general son pobres- sobrellevan los prototipos de sexualidad más populares.
Ahora, para enfrentarse con este peligro, es preciso vencer antes uno mucho más concreto: la cana. Sacar a la cana de la cama, al ojo policial del espejo del cuarto, es una necesidad inmediata que no puede quedar apenas en manos de los gays. Decía una diputada feminista brasileña, Ruth Escobar, en su campaña: "Que las mujeres puedan vivir su femineidad, los negros su negritud, los homosexuales su deseo". ¿Dejar a los homosexuales el monopolio del deseo?
Se me ocurre que hay en verdad, un estallido de la normalidad clásica, que la "moralización a las patadas" del Estado Argentino pretende contener. A ese estallido no le son ajenas las mujeres, con su trabajo de zapa contra la supremacía masculina.
Guattari, el coautor del Antiedipo, habla de un "devenir mujer" que abre a lodos los demás devenires. Siguiéndolo, podemos pensar la homo o la heterosexualidad, no como identidades, sino como devenires. Como mutaciones, como cosas que nos pasan. Devenir mujer, devenir loca, devenir travesti.
La alternativa que se nos presenta es hacer soltar todas las sexualidades: el gay, la loca, el chongo, el travesti, el taxiboy, la señora, el tío, etc. -o erigir un modelo normalizador que vuelva a operar nuevas exclusiones. El sexo de las locas, que hemos usado de señuelo para este delirio, sería entonces la sexualidad loca, la sexualidad que es una fuga de la normalidad, que la desafía y la subvierte. Locas bailando en las plazas, locas yirando en puertas de fábrica, locas haciendo cola en los bañitos. Hablar del sexo de las locas es enumerar los síntomas -las penetraciones, las eyaculaciones, las erecciones, los toques, las insinuaciones- de una enfermedad fatal: aquella que corroe a la normalidad en todos sus wings; que aparece en la hija del portero, en las trincheras de las Malvinas, en el seno de las garitas azules, en las iglesias de Córdoba donde las locas entran para yirar. Aparece, en su versión pedagógica-pederástica, en el insospechable "Himno a Sarmiento" cuando dice: "la niñez, tu ilusión y tu contento".
Ahora, no subsumir esas singularidades en una generalidad personológica: "el homosexual". Soltar todas las sexualidades; abrir todos los devenires. Una escritora americana habla de idiosexo: la noción viene de idiolecto, usos particulares del lenguaje (como hablar al verres): idiosexo, usos singulares de la sexualidad. Que cada cual pueda encontrar, más allá de las clasificaciones, el punto de su goce.
Mi idea es no retirar la homosexualidad del campo social, constituyendo un territorio separado de los puros, los buenos, los mártires, los ilustres. Hacer saltar a la sexualidad ahí donde está. Retirar a la cama de la colcha (no sea cosa que pasemos de la cárcel al boliche sin pasar por la vereda). Y, como decía Mao -aunque no creo que lo dijera en este caso-: "Que florezcan mil flores" (¿Flores del mal?).
Y una arenga final: no queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen.
 


-Texto, Néstor Perlongher - 

-Perlongher publicó numerosos artículos en El Porteño así como en su separata Cerdos & Peces. Este ensayo fue originalmente una conferencia dada en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual (CEAS) y se publicó en el nº 28 de la revista, en mayo de 1984. También publicado en Prosa plebeya. Ensayos 1980-1992, Buenos Aires, Colihue, 1997.-



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