lunes, marzo 16

Cinco poemas de Pedro Salinas: Cuando tú me elegiste / Amsterdam / Salvación por el cuerpo / Nadadora de noche, nadadora.../ Tú vives siempre en tus actos





Cuando tú me elegiste...



Cuando tú me elegiste

-el amor eligió-

salí del gran anónimo

de todos, de la nada.

Hasta entonces

nunca era yo más alto

que las sierras del mundo.

Nunca bajé más hondo

de las profundidades

máximas señaladas

en las cartas marinas.

Y mi alegría estaba

triste, como lo están

esos relojes chicos,

sin brazo en que ceñirse

y sin cuerda, parados.

Pero al decirme: “tú”

a mí, sí, a mí, entre todos-,

más alto ya que estrellas

o corales estuve.

Y mi gozo

se echó a rodar, prendido

a tu ser, en tu pulso.

Posesión tú me dabas

de mí, al dárteme tú.

Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?

Sé que te volverás

atrás. Cuando te vayas

retornaré a ese sordo

mundo, sin diferencias,

del gramo, de la gota,

en el agua, en el peso.

Uno más seré yo

al tenerte de menos.

Y perderé mi nombre,

mi edad, mis señas, todo

perdido en mí, de mí.

Vuelto al osario inmenso

de los que no se han muerto

y ya no tienen nada

que morirse en la vida.






Amsterdam



Esta noche te cruzan

verdes, rojas, azules, rapidísimas

luces extrañas por los ojos.

¿Será tu alma?

¿Son luces de tu alma, si te miro?

Letras son, nombres claros

al revés, en tus ojos.

Son nombres: Universum,

se iluminan, se apagan, con latidos

de luz de corazón. Universum.

Miro; ya sé; ya leo:

Universum cinema, ocho cilindros,

saldo de blanco junto a las estrellas.

Te quiero así inocente, toda ajena,

palpitante

en lo que está fuera de ti, tus ojos

proclamando las vívidas

verdades de colores de la noche.

Las compraremos todas

cuando se abran las tiendas, ahora mismo

-Universum cinema-, cuando bese

las luces de tu alma, sí, las luces,

anuncios luminosos de la vida

en la noche, en tus ojos.






Salvación por el cuerpo



¿No lo oyes? Sobre el mundo,

eternamente errante

de vendaval, a brisas o a suspiro,

bajo el mundo,

tan poderosamente subterránea

que parece temblor, calor de tierra,

sin cesar, en su angustia desolada,

vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.

Todo quiere ser cuerpo.

Mariposa, montaña,

ensayos son alternativos

de forma corporal, a un mismo anhelo:

cumplirse en la materia,

evadidas por fin del desolado

sino de almas errantes.

Los espacios vacíos, el gran aire,

esperan siempre, por dejar de serlo,

bultos que los ocupen. Horizontes

vigilan avizores, en los mares,

barcos que desalojen

con su gran tonelaje y con su música

alguna parte del vacío inmenso

que el aire es fatalmente;

y las aves

tienen el aire lleno de memorias.

¡Afán, afán de cuerpo!

Querer vivir es anhelar la carne,

donde se vive y por la que se muere.

Se busca oscuramente sin saberlo

un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.



Nuestro primer hallazgo es el nacer.

Si se nace

con los ojos cerrados, y los puños

rabiosamente voluntarios, es

porque siempre se nace de quererlo.

El cuerpo ya está aquí; pero se ignora,

como al olor de rosa se le olvida

la rosa. Le llevamos

aliado nuestro, se le mira

en los espejos, en las sombras.

Solamente costumbre. Un día

la infatigable sed de ser corpóreo

en nosotros irrumpe,

lo mismo que la luz, necesitada

de posarse en materia para verse

por el revés de sí, verse en su sombra.

Y como el cuerpo más cercano

de todos los del mundo es este nuestro,

nos unimos con él, crédulos, fáciles,

ilusionados de que bastará

a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo

es el cuerpo primero en que vivimos,

y eso se llama juventud a veces.

Sí, es el primero y eran dieciséis

los años de la historia.

Agua fría en la piel,

zumo de mundo inédito en la boca,

locas carreras para nada, y luego,

el cansancio feliz. Tibios presagios

sin rumbo el rostro corren,

disfrazados de ardores sin motivo.

Nos sospechamos nuestros labios, ya.

La primer soledad se siente en ellos.

¡Y qué asombrado es el reconocerse

en estas tentativas de presencia,

nosotros en nosotros, vagabundos

por el cuerpo soltero!

Alegremente fáciles,

se vive así en materia

que nada necesita, si no es ella,

igual que la inicial estrella de la noche,

tan suficientemente solitaria.

Así viven los seres

tiernamente llamados animales:

la gacela

está en bodas recientes con su cuerpo.



Pero luego supimos,

lo supimos tú y yo en el mismo día,

que un cuerpo que se busca

cuando se tiene ya y se está cansado

de su repetición y de su pulso,

sólo se encuentra en otro.

¿Con qué buscar los cuerpos?

Con los ojos se buscan, penetrantes,

en la alta madrugada, ese paisaje

del invierno del día, tan nevado;

en el lecho se buscan,

donde estoy solo, donde tú estarás.

La blancura vacía

se puebla de recuerdos no tenidos,

la recorren presagios sonrosados

de aquel rosado bulto que tú eras,

y brota, inmaterial masa de sueño,

tu inventada figura hasta que llegues.



Allí, en la oscura noche,

cuando el silencio lo permite todo

y parece la vida,

el oído en vela escucha

vaga respiración, suspiro en eco,

sospechas del estar un cuerpo aliado.

Porque un cuerpo -lo sabes y lo sé-

sólo está en su pareja.

Ya se encontró: con lentas claridades,

muy despacio.

¡Cómo desembocamos en el nuevo,

cuerpo con cuerpo igual que agua con agua,

corriendo juntos entre orillas

que se llaman los días más felices!

¡Cómo nos encontramos con el nuestro

allí en el otro, por querer huirlo!

Estaba allí esperándose, esperándonos:

un cuerpo es el destino de otro cuerpo.



Y ahora se le conoce, ya, clarísimo.

Después de tantas peregrinaciones,

por temblores, por nubes y por números,

estaba su verdad definitiva.

Traspasamos los límites antiguos.

La vida salta, al fin, sobre su carne,

por un gran soplo corporal henchidas

las nuevas velas:

atrás se cierra un mar y busca otro.

Encarnación final, y jubiloso

nacer, por fin, en dos, en la unidad

radiante de la vida, dos. Derrota

del solitario aquel nacer primero.

Arribo a nuestra carne trascorpórea,

al cuerpo, ya, del alma.

Y se quedan aquí tras el hallazgo

-milagroso final de besos lentos-,

rendidos nuestros bultos y estrechados,

sólo ya como prendas, como señas

de que a dos seres les sirvió esta carne

-por eso está tan trémula de dicha-

para encontrar, al cabo, al otro lado,

su cuerpo, el del amor, último y cierto.

Ese

que inútilmente esperarán las tumbas.






Nadadora de noche, nadadora...



Nadadora de noche, nadadora

entre olas y tinieblas.

Brazos blancos hundiéndose, naciendo,

con un ritmo

regido por designios ignorados,

avanzas

contra la doble resistencia sorda

de oscuridad y mar, de mundo oscuro.

Al naufragar el día,

tú, pasajera

de travesías por abril y mayo,

te quisiste salvar, te estás salvando,

de la resignación, no de la suerte.

Se te rompen las alas, desbravadas,

hecho su asombro espuma,

arrepentidas ya de su milicia,

cuando tú les ofreces, como un pacto,

tu fuerte pecho virgen.

Se te rompen

las densas ondas anchas de la noche

contra ese afán de claridad que buscas,

brazada por brazada, y que levanta

un espumar altísimo en el cielo;

espumas de luceros; sí, de estrellas,

que te salpica el rostro

con un tumulto de constelaciones;

de mundos. Desafía

mares de siglos, siglos de tinieblas,

tu inocencia desnuda.

Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo

soporta, empuja, salva

mucho más que tu carne. Así tu triunfo

tu fin será, y al cabo, traspasadas

el mar, la noche, las conformidades,

del otro lado ya del mundo negro,

en la playa del mundo que alborea,

morirás en la aurora que ganaste.





Tú vives siempre en tus actos...



Tú vives siempre en tus actos.

Con la punta de tus dedos

pulsas el mundo, le arrancas

auroras, triunfos, colores,

alegrías: es tu música.

La vida es lo que tú tocas.



De tus ojos, sólo de ellos,

sale la luz que te guía

los pasos. Andas

por lo que ves. Nada más.



Y si una duda te hace

señas a diez mil kilómetros,

lo dejas todo, te arrojas

sobre proas, sobre alas,

estás ya allí; con los besos,

con los dientes la desgarras:

ya no es duda.

Tú nunca puedes dudar.



Porque has vuelto los misterios

del revés. Y tus enigmas,

lo que nunca entenderás,

son esas cosas tan claras:

la arena donde te tiendes,

la marcha de tu reloj

y el tierno cuerpo rosado

que te encuentras en tu espejo

cada día al despertar,

y es el tuyo. Los prodigios

que están descifrados ya.



Y nunca te equivocaste,

más que una vez, una noche

que te encaprichó una sombra

-la única que te ha gustado-.

Una sombra parecía.

Y la quisiste abrazar.

Y era yo.

-Imágenes, Françoise de Felice-

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Por la travesía, Gracias...

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