La Lengua de Dionisios...

Inquietar -Libros para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

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domingo, enero 11

Fragmentos de Hombres de maíz, Miguel Ángel Asturias




El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos...
El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha...
El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja...
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo que estaba dormido con su petate, su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo,
luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía al rededor del cuerpo.

La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo, gime la espumuy y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo
duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda...
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertilo en una masa de frijol negro; goteaba noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra mel Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos...
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarles las orejas de tuza a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y nada pudo la llama solar
de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre
sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años
 ...........



La que más lunares tenía era la nana de Martín Ilóm, el recién parido hijo del cacique Gaspar Ilóm. La que más lunares y más piojos tenía. La Piojosa Grande, la nana de Martín Ilóm. En su regazo de tortera caliente, en sus trapos finos de tan viejos, dormía su hijo como una cosa de barro nuevecita y bajo el coxpi, cofia de tejido ralo que le cubría la cabeza y la cara para que no le hicieran mal de ojo, se oía su alentar con ruido de agua que cae en tierra porosa.

Mujeres con niños y hombres con mujeres. Claridad y calor de fogarones. Las mujeres lejos en la claridad y cerca en la sombra. Los hombres cerca en la claridad y lejos en la sombra. Todos en el alboroto de las llamas, en el fuego de los guerreros, fuego de la guerra que hará llorar las espinas.Así decían los indios más viejos, con el movimiento senil de sus cabezas bajo las avispas. O bien decían, sin perder su compás de viejos: Antes que la primera cuerda de maguey fuera trenzada se trenzaron el pelo las mujeres.

 ...............



La «tecuna» huye, pero deja la espina metida y, por eso, con ellas no reza aquello de «ausencia se llama olvido». Se les busca como el sediento que sueña el agua, como el borracho que por una copa le daría la vuelta al mundo, como el fumador que loquea por

conseguir un cigarrillo. Arrastró los saco s de correspondencia y se hizo más adentro en busca de otra piedra para sentarse. De veras estaba cansado. Pero no recordaba haber andado mucho aquel día.

De la aldea Tres Cruces, al lugar del camino real en que desapartó con el viejo de las manos negras a una barranquita. Aunque vagamente recordaba haber ido hasta la Cumbre de María Tecún.

Una piedra más bien pache le dio asiento. Iba a pensar bien, fuera de la luz, a solas, bajo la tierra, el porqué no podía estar sin su mujer.

Las «tecunas» menos directo pensarlo en plural tienen adentro de sus partes, cuerpos de pajaritos palpitantes, unas; otras, vellosidades de plantas acuáticas que vibran al pasar la corriente caudalosa del macho, y las mágicas, sexos que son envoltorios alforzados, graduales para plegarse o desplegarse en el éxtasis amoroso, allá cuando la sangre jalona sus últimas distancias vivas en un organismo que se alcanza, para saltar a ser el principio de

otra distancia viva. El amor es inhumano como una «tecuna» en el hundimiento final. Su

hociquito escondido busca la raíz de la vida.

Se existe más. En esos momentos se existe más. La «tecuna» llora, se debate, muerde, se estruja, se quiere incorporar, silabea, paladea, suda, araña, para quedar después como avispa guitarrona

sin zumbido, igual que muerta de sufrimiento. Pero ya ha dejado el aguijón en el que la tuvo bajo su respiración amorosa. ¡Liberarse para quedar atados!...

Ahora, ahora ya saben las piedras por qué la busca. Ahora, ahora ya saben los árboles por qué la busca. Ahora, ya saben las estrellas por qué la busca. Los ríos por qué la busca...



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