miércoles, enero 14

Fragmentos de El libro del desasosiego, Fernando Pessoa -Bernardo Soares-





En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi autobiografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y si en ellas nada digo, es que nada tengo que decir.   
       

Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en Él –sin saber por qué. Siendo así, y dado que el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente y no porque piensa, la mayoría de esos jóvenes eligió la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen y no ven sólo la multitud de la que forman parte, sino también los grandes espacios que hay a sus costados. Por eso, ni abandoné a Dios tan ampliamente como ellos, ni acepté nunca la Humanidad. Consideré que Dios, si bien improbable, podría ser y en consecuencia, también ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica cuyo significado se limita a la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.



De tal manera, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo en una suma de animales, me ubiqué, como alguna otra gente marginal, a esa distancia de todo a la que vulgarmente se la llama Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se detendría.    
Le pedí tan poco a la vida y hasta ese poco la vida me negó. Una hebra de sol, el campo, un poco de paz con un poco de pan, que no me pese mucho el saber que existo, y no exigir nada a nadie, ni que nadie exija nada de mí. Todo esto me fue negado, como quien niega una limosna no por falta de bondad, sino por no tener que desabrocharse el abrigo para darla.



Escribo, triste, en mi cuarto quieto, solo, como siempre he sido, solo como siempre seré. Y pienso si mi voz, tan poca cosa en apariencia, no encarna la sustancia de miles de voces, el hambre de decirse de miles de vidas, la paciencia de millones de almas, sumisas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios. En este momento mi corazón palpita con más fuerza por la conciencia que tengo de que palpita. Vivo más porque sabiéndolo es más lo que vivo. Siento en mi persona una energía religiosa, una especie de oración, algo así como un clamor. Pero la reacción contra mí se precipita desde la inteligencia… Me veo en el cuarto piso alto de la Rua dos Douradores; me presencio con sueño; observo, sobre el papel medio escrito, la vida vana sin belleza y el cigarrillo barato que se consume mientras lo sostengo sobre el secante viejo. ¡Aquí yo, en este cuarto piso, interpelando a la vida!, ¡diciendo qué sienten las almas!, ¡escribiendo prosa como los genios y los célebres! ¡Aquí yo, así!... 

 

Saber que será mala la obra que nunca estará acabada. Peor, empero que ella, será la que nunca se empiece a escribir. La que se inicia queda, al menos, iniciada. Será pobre pero real, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina inválida. Esa planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, aún sabiendo que es malo, puede sin embargo dar unos momentos de distracción de lo peor a uno u otro espíritu apenado o triste. Eso me basta o no me basta, pero de algún modo sirve, y así es toda la vida.


Un hastío que incluye sólo el anticipo de más hastío; la pena, ya sentida, de sentir pena mañana por la pena sentida hoy –grandes marañas sin utilidad y sin verdad, grandes marañas…
Soy capaz, a solas conmigo, de idear incontables dichos ingeniosos, respuestas rápidas a lo que nadie dijo, fulguraciones de una sociabilidad inteligente entablada con nadie; pero toda esa capacidad se me desvanece si estoy ante otro físicamente existente, pierdo la inteligencia, la fluidez para decir, y, al rato, lo único que siento es sueño. Sí, hablar con la gente me da ganas de dormir. Sólo mis amigos espectrales e imaginados, sólo las conversaciones que transcurren en sueños, tienen una verdadera realidad y un relieve justo, y en ellos el espíritu está presente como una imagen en un espejo.

Me pesa, por lo demás, la sola idea de estar obligado a tomar contacto con otro. Una simple invitación a cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de un compromiso social cualquiera –ir a un entierro, tratar con otro algún asunto en la oficina, ir a esperar a alguien a la estación, se trate o no de un desconocido- esa sola idea me estorba los pensamientos de todo ese día, y a veces incluso en la víspera ya estoy preocupado y duermo mal, y cuando al fin y al cabo las cosas ocurren resulta que no justifican semejante tensión; pero siempre pasa lo mismo y yo no aprendo a aprender.    
  

Damos frecuentemente a nuestras ideas de lo desconocido el color de nuestras nociones de lo conocido: si llamamos a la muerte un sueño es porque parece un sueño por fuera; si llamamos a la muerte una nueva vida es porque parece una cosa diferente de la vida. Con pequeños malentendidos acerca de la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de migajas en las que saboreamos tortas, como los niños pobres que juegan a ser felices.

Pero así es la vida; así, por lo menos, es aquel sistema de vida particular al que en general se llama civilización. La civilización consiste en dar a algo un nombre que no le compete, y después soñar sobre el resultado. Y realmente el nombre falso y el sueño verdadero crean una nueva realidad. El objeto se convierte realmente en otro, porque lo convertimos en otro. Manufacturamos realidades. La materia prima sigue siendo la misma, pero la forma que el arte le dio le impide efectivamente seguir siendo la misma. Una mesa de pino es pino pero también es mesa. Nos sentamos a la mesa y no al pino. Un amor es un instinto sexual, pero no amamos con el instinto sexual sino con la presuposición de otro sentimiento. Y esa presuposición ya es, de hecho, otro sentimiento. 
                  

Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.

Quien pudiera ser un niño poniendo barcos de papel en un estanque de quinta; barcos de vela rústica hecha de parra entramada, que traza contrapuntos en rombos de luz y sombra verde sobre los reflejos sombríos del agua escasa.

Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más nítidamente que yo vea y comprenda la vida, no la puedo tocar.

¿Razonar mi tristeza? ¿Para qué si el razonamiento es una esfuerzo? Y los tristes no pueden esforzarse.

Ni siquiera abdico de aquellos gestos banales de la vida de los que yo tanto quisiera abdicar. Abdicar es un esfuerzo, y yo no tengo aliento en el alma con que esforzarme.

Hubo épocas en las que me irritaban aquellas cosas que hoy me hacen sonreír. Y una de ellas, que casi todos los días me lo recuerdan, es la insistencia con que los hombres cotidianos y activos en la vida se ríen de los poetas y los artistas. No siempre lo hacen, como creen los pensadores de los diarios, con un aire de superioridad. Muchas veces lo hacen con cariño. Pero siempre como quien acaricia a un niño, a alguien ajeno a la certeza y a la exactitud de la vida.       
               

Soy un alma de esas que las mujeres dicen amar, pero a las que nunca reconocen cuando encuentran; una de esas que, si ellas las reconociesen, ni aun así las reconocerían. Sufro la delicadeza de mis sentimientos con una atención desdeñosa. Tengo todas las cualidades por las que son admirados los poetas románticos, incluso esa falta de cualidades por la cual se es realmente poeta romántico. Me encuentre descripto (en parte) en varias novelas como protagonista de enredos varios; pero lo esencial en mi vida, como de mi alma, es no ser nunca protagonista.   



Organizar de tal modo nuestra vida que ella sea un misterio para los demás; que quien mejore nos conozca sea, apenas, uno que nos desconoce de mas cerca que los otros. Así forjé yo mi vida, casi sin proponérmelo, pero fue tanto el arte instintivo que puse en hacerlo que para mí mismo me convertí en una no del todo clara y nítida individualidad creada por mí.


Aquella maldad imprecisa y casi imponderable que alegra cualquier corazón humano ante el dolor de los demás, así como el desagrado ajeno que ella puede provocar, los pongo yo en el examen de mis propios padecimientos; los llevo tan lejos que, en los momentos en que me siento ridículo o mezquino, los disfruto como si estuviese siendo otro. Por una extraña y fantástica metamorfosis de sentimientos, sucede que no siento esa alegría malvada y humanísima ante el dolor o el ridículo ajeno. Siento ante la bajeza de los demás no un dolor, sino una incomodidad estética y una irritación sinuosa. No es por bondad que eso ocurre, sino porque quien se vuelve ridículo, no sólo se vuelve ridículo para mí, sino también para los demás, y me irrita que alguien sea ridículo a juicio de los demás; me duele que cualquier animal de la especie humana se ría a costas de otro, porque no tiene ningún derecho de hacerlo. Que los otros se rían de mí no me molesta, porque de mí hacia afuera hay un desprecio denso y blindado.

Más inexpugnables que cualquier muro son las rejas altísimas que circundan el jardín de mi ser, de modo que, viendo perfectamente a los demás, perfectísimamente los excluyo y no los dejo ser sino ajenos. 
        

A veces me sucede, y siempre que me sucede es casi de repente, que en medio de las sensaciones me brota un cansancio tan terrible de la vida, que no tengo ni siquiera la más mínima idea de cómo dominarlo. Para remediarlo, el suicidio parece incierto; la muerte, aun cuando suponga la inconsciencia, es poco todavía. El que siento es un cansancio que ambiciona, no el dejar de existir –lo que puede o no ser posible-, sino una cosa mucho más horrorosa y profunda, como es el no haber siquiera existido nunca, no haber sido nunca de ninguna manera.         


Escribo demorándome en las palabras, como ante vidrieras en las que nada veo, y son medio-sentidos, cuasi-expresiones lo que me queda, como colores de telas que miré sin ver, armonías exhibidas y compuestas de no sé qué objetos. Escribo acunándome, como una madre loca a un hijo muerto.        

     

     

Pienso a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que ya no perteneceré, estas frases que escribo perdurasen reconocidas, habré encontrado por fin a la gente que me “comprenda”, a los míos, a la familia verdadera en cuyo seno nacer y ser amado. Pero lo cierto es que, lejos de nacer en ella, para ese entonces ya habré muerto hará mucho. La comprensión recaerá sólo sobre mi esfinge, cuando el cariño ya no pueda consolar a quien ha muerto, de la indiferencia exclusiva que conoció cuando vivo.

Tal vez un día comprendan que cumplí, como ningún otro, mi deber innato de intérprete de una parte de nuestro siglo; y cuando lo comprendan, escribirán que en mi época fui incomprendido, que desgraciadamente viví entre el desinterés y las frialdades de los que me rodeaban, y que es una pena que tal cosa me sucediera. Y el que esto escriba será, en la época en que lo haga, tan poco comprensivo de mi análogo de aquel tiempo futuro, como lo son hoy aquellos con quienes convivo. Porque los hombres sólo aprenden para uso de sus bisabuelos, que ya murieron. A los muertos y a nadie más, sabemos enseñarles las verdaderas reglas para vivir.

Me convertí en una figura de libro, en una vida leída. Lo que siento está (sin que yo me lo proponga) sentido para que se escriba que se sintió. Lo que pienso enseguida está puesto en palabras, mezclado con imágenes que lo deshacen, abierto en ritmos que son cualquier otra cosa. De tanto recomponerme me destruí. De tanto pensarme, soy ya mis pensamientos pero no yo. Me exploré con una sonda y la dejé caer; vivo pensando si soy hondo o no lo soy, sin más sonda, ahora, a no ser esta mirada que me muestra, claro en negro en el espejo del pozo profundo, mi propio rostro que me contempla mirarlo.

Soy una especie de baraja, de naipe antiguo e incógnito, la única que queda del mazo perdido. No tengo sentido, no sé de mi valor, no tengo con qué compararme para encontrarme de algún modo, no tengo nada que sirva para que me conozca. Y así, en imágenes sucesivas en las que me describo –no sin verdad pero con mentiras-, voy quedando más en las imágenes que en mí, diciéndome hasta ya no ser, escribiendo con el alma como tinta, útil tan sólo para escribir con ella. Pero cesa la reacción y de nuevo me resigno. Vuelvo en mí a lo que soy, aunque yo no sea nada. Y algo así como lágrimas sin llanto arde en mis ojos secos, algo así como angustia que no hubo me oprime ásperamente la garganta seca. Pero entonces ya ni sé qué fue lo que lloré, en el caso de que hubiese llorado, ni porqué fue que no lo lloré. La ficción me acompaña como mi propia sombra. Y lo que quiero es dormir.


Los sentimientos que más duelen, las emociones que más acucian, son los que resultan absurdos –el ansia de cosas imposibles, precisamente porque son imposibles, la nostalgia de lo que nunca hubo, el deseo de lo que podría haber sido, la pena de no ser otro, la insatisfacción de la existencia del mundo. Todos estos medios tonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje dolorido, un eterno poniente de lo que somos. El que podamos sentirnos es entonces un campo desierto que oscurece, triste de juncos a orillas de un río sin barcos, devorado claramente por una sola sobre, entre orillas distanciadas.



La vida es hueca, el alma es hueca, el mundo es hueco. Todos los dioses mueren de una muerte mayor que la muerte. Todo está más vacío que lo vacuo. Todo es un caótico amontonamiento de nada…

Todos los movimientos son parajes, el mismo paraje todos ellos. Nada me dice nada. Nada me es conocido, no porque me extrañe sino porque no sé qué es. Se perdió el mundo. Y en el fondo de mi alma –como única realidad de este momento- hay una pena intensa e invisible, una tristeza que es como el sonido de quien llora en una habitación oscura.


¡Cuántas cosas que tenemos por ciertas o justas, no son más que los vestigios de nuestros sueños, el sonambulismo de nuestra incomprensión! ¿Sabe acaso alguien lo que es cierto o justo? ¿Cuántas cosas que tenemos por bellas no son más que las costumbres de le época, la ficción del lugar y de la hora? ¡Cuántas cosas que tenemos por nuestras, no son más que aquello de lo que somos perfectos espejos o envoltorios transparentes, ajenos en la sangre a la raza de su naturaleza!

Encontré hoy, en calles distintas y por separado, a dos amigos míos que se habían enojado entre sí. Cada uno me relató la causa de su enojo. Cada uno me dijo la verdad. Cada uno me contó sus razones. Los dos tenían razón. No era que uno veía una cosa y el otro otra, o que uno veía un lado de las cosas y el otro el lado opuesto. No: cada uno veía las cosas exactamente como habían ocurrido, cada uno las veía con un criterio idéntico al del otro, pero cada uno veía una cosa diferente, y cada uno, por lo tanto, tenía razón.


Escribir es objetivar sueños, es crear un mundo exterior para recompensa evidente de nuestra índole de creadores. Publicar es dar ese mundo exterior a los demás; ¿pero para qué, si el mundo exterior común a nosotros y a ellos es el “mundo exterior” real, el de la materia, el mundo visible y tangible? ¿Qué tienen que ver los demás con el universo que hay en mí?


-Imágenes, Edward Hooper-
     



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