La Lengua de Dionisios...

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domingo, septiembre 28

Peregrina y extranjera. Cuaderno de notas, 1942-1948. Fragmentos. Marguerite Yourcenar





XIV. Cuadernos de notas, 1942-1948 


1942. Todo hombre, capitán a bordo después de Dios. Todo hombre, prisionero en el fondo de la bodega. Y navío al mismo tiempo que marinero. Océanos vacíos, playas abandonadas para siempre o jamás alcanzadas, faros, naufragios, botella arrojada al mar: volvemos a un tiempo en que las metáforas recobran su peso y su densidad de cosas, vuelven a medirse en millas terrestres o marinas, en unidades de espacio o de peligro. Y si el frasco con cabellera de algas danza para siempre sobre el mar sin que nadie lo vislumbre, lo repesque y lo salve, al menos habrás hecho florar un frágil objeto humano en la superfcie de las olas.



Soy hijo de la tierra y del cielo estrellado;

Soy de la misma naturaleza que el cielo,



proclama un iniciado griego en uno de los más puros poemas que jamás haya inspirado la muerte. Y Villon, igualmente y muy al contrario, dice:



No soy, pensandolo bien,

Hijo de ângel, ni llevo diadema

De estrellas ni de otros astros...



Igualmente, pues los dos sones se hacen eco, los dos hemisferios se juntan, el cristiano y elantiguo, profunda humildad y profundo orgullo, conocimiento de su nulidad y sentido de pertenecer a todo.



Arte griego: el hombre es la naturaleza y la encierra dentro de sí toda entera. Arte de la Edad Media: el hombre está en la naturaleza como el pájaro en el bosque, como el pez en el río, objetos colocados sostenidos en el tiempo por la mano del Creador. Arte de Extremo Oriente: el hombre y la naturaleza, inextricablemente mezclados uno con otro, huyen, cambian y se disipan, apariencias cambiantes, onda que se mueve, juego de sombras paseadas por el lienzo eterno. Arte barroco: el hombre convierte a la naturaleza en objeto de su tiranía o de su meditación, inventa los parterres de Versalles o las soledades ordenadas de Poussin. Arte romántico: el hombre se precipita en la naturaleza, a ella lleva su pena y sus gritos de animal herido. Arte del siglo XX: el hombre hace estallar la naturaleza, detiene o precipita la evolución de las formas...


Una rosa es una rosa, pero de la rosa de Anacreonte a la rosa del Roman de la rose, de la rosa de las catedrales a los ramilletes de Renoir, se excluyen y se suceden todos los puntos de vista posibles sobre la rosa y la vida.





"No me gustan los poetas, decía Nietzsche, enturbian todas las aguas para que parezcan más profundas". Tampoco a mí me gustan los que añaden complicaciones muertas a las complejidades vivas, ni los que apartan los ojos de la sangre que se derrama pero aúllan de gozo cuando han embadurnado de rojo una cabeza de muñeca. ¿Por qué me habláis de actos gratuitos cuando apenas puedo hacer frente a los actos indispensables, por qué me habláis del absurdo en un mundo donde el amor y la muerte siguen su curso al igual que las estaciones sus leyes, como la salida de los astros en el horizonte? ¿Y qué he de hacer con los esqueletos de la novela policíaca y con los relojes blandos de Dalí, yo que, como todo el mundo, llevo dentro mi esqueleto y mi reloj?



1942. Suicidio de judíos, en Alemania, para escapar al campo de concentración; en los Estados Unidos, por cansancio, por desesperación, por solidaridad con las víctimas de Europa.

Las baladronadas del viejo Horacio de Hernani adquieren un sentido, una gravedad que nuestro espíritu frívolo no sospechaba hasta ahora, formulan exactamente el dilema y la solución de las horas de peligro. «O que una hermosa desesperación...» «¿Y cuándo poseeré el mundo? Entonces poseeré la tumba». Tal vez el poeta creyó fabricar tan sólo una frase bella, y ese hemistiquio que nos parecía de antemano destinado a los aplausos de la clac, se adapta de pronto a los destinos de unos cuantos millones de hombres. Suele ser por ignorancia, por inexperiencia, por odio o por miedo a la realidad por lo que acusamos a los poetas de exceso y de mentira.



Han cortado la rama de pino medio seca que durante cuatro años he visto balancearse junto a una tapia de ladrillo rojo. Esa madera, esa resina, esas escamas de corteza, esas delgadas agujas desaparecidas, se dibujan en mi memoria con la exacta precisión de un dibujo de Hokusai. Objeto cualquiera, inerte, sin relación conmigo, que ha cumplido su destino en otros reinos pero dotado por mi atención de una suerte de duración espiritual, destinado a sobrevivir, sin duda, o por lo menos a vivir tanto como yo, transmisible a otros, mudado en signo... ¿Qué crees probar con esto? Nada sino que quizá existan diferentes órdenes de realidad.



No juzgues... Juzga, por el contrario; no ceses, conciencia infatigable, de evaluar tus acciones, tus pensamientos y los de los demás con la ayuda de tus instrumentos aun primitivos; utiliza lo mejor que puedas tu balanza a la vez demasiado y poco sensible, nunca en el fiel, equilibrada bien que mal mediante la aportación de incesantes escrúpulos. Juzga para no ser juzgado el peor de los seres, el cobarde de espíritu, perezosamente dispuesto a todo, que se niega a juzgar.



 1943. Es demasiado pronto para hablar, para escribir, para pensar quizá, y durante algún tiempo nuestro lenguaje se parecerá al tartamudeo del herido grave a quien se reeduca. Aprovechemos este silencio como si fuese un aprendizaje místico.



Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que éste o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión de ellos, mucho por compasión de nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. 
Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y mediocremente.



1943. Todas las luces están apagadas: las de los buques y las de las calles, las lamparillas de los enfermos y los cirios de las iglesias. Y las escasas lámparas que aún arden tiemblan de miedo en el horizonte. En esta completa oscuridad, cuando se trata para nosotros de morir lo menos posible, nuestra tarea consiste en recobrar, a tientas, humildemente, la forma eterna de las cosas. ¡Anda! Un cuchillo que sirve para matar o para cortar cuerdas. ¡Anda! Un pedazo de pan que podemos masticar. ¡Anda! Un cadáver mucho más frío, más pesado, más tranquilo que la idea que nos hacíamos de los muertos. ¡Anda!, ese no sé qué perfumado que cede entre mis manos es una rosa... Y todas las significaciones de la rosa palidecen ante esta realidad de las rosas.



Pase lo que pase, aprendo. Siempre salgo ganando.



Envejecer... Desprenderse de muchas cosas, correr el riesgo de aferrarse tanto más desesperadamente a aquello por lo cual rechazamos todo lo demás. "Habrá que dejar todo esto... ¡Y que me ha costado tanto!" Y Sainte-Beuve dice que si bien la primera exclamación de Mazarin es la de un amateur, la segunda es la del avaro. Se equivoca, y la segunda, precisamente, justifica la primera. Por lo que nos cuesta valoramos, lo más exactamente posible, el inestimable objeto amado.



1944. Como Casandra, la Historia profetiza, y lo mismo que a Casandra, nadie le hace caso. Los vencedores prefieren ignorar que todo acaba con una derrota, y a los vencidos nos les gusta que les recuerden que hay pocas víctimas que sean inocentes.

El optimista y el pesimista, el hombre que cree que todo se arregla y el hombre que cree que todo acaba mal se pasean argumentando sobre el emplazamiento de un campo de batalla. Ambos se enredan en peroratas, enronquecen, gesticulan. Ambos extraen del paisaje pruebas que apoyen sus tesis. Y en efecto, durante ese tiempo, la hierba sigue creciendo sobre las tumbas y los muertos pudriéndose bajo la hierba.



1945. La bomba atómica no nos trae nada nuevo, pues nada es menos nuevo que la muerte. Es atroz que unas fuerzas cósmicas, apenas dominadas, sean utilizadas inmediatamente para el asesinato, pero el primer hombre a quien se le ocurrió empujar una roca para aplastar a su enemigo utilizó la gravitación para matar a alguien.



Sacude (si quieres) sobre la humanidad el polvo de tus sandalias, pero piensa también que tú recibes de ella ciertos bienes indispensables. Justamente asqueado de los traficantes sin corazón, de los amigos sin fe y de los músicos sin oído, Rousseau busca en Montmorency la ilusión de la selva virgen. Olvida que esa cesta que lleva al brazo Teresa, ese traje armenio que él se pone, tan cómodo para su enfermedad de vejiga, y sus mismas ensoñaciones, no interrumpidas por fieras ni bandidos, son otras tantas deudas para con lo humano. En los bosques americanos por donde se puede caminar dias enteros sin encontrar ni un alma, basta un sendero trazado por un leñador para enlazarnos con toda la historia.



Un amigo me escribe: «A partir del día en que nos damos seriamente cuenta de que hay que aceptar el dejar la vida, todo se hace más fácil. Cuando no hemos dormido durante varias noches seguidas, lo tolera uao mejor, porque se encueutra atontado y apacible». Casi todos nosotros, al menos una vez, hemos conocido ese estado y hemos hecho unas constataciones del mismo tipo. A partir de ese momento, jugamos sin riesgo, todo va como la seda. Como la seda negra.



¿Qué es lo que te ayuda a vivir en los momentos de desconsuelo y de horror? La necesidad de ganar o amasar tu pan, el sueño, el amor, la ropa limpia que te pones, un viejo libro que relees, la sonrisa de la negra o del sastre polaco de la esquina, el olor de los arándanos maduros y el recuerdo del Partenón. Todo lo que era bueno en las horas de deleite sigue siendo exquisito en las horas se desvalimiento. Los que cambian de opinión en la desgracia, como los que se convierten en el momento de morir, confiesan con ello que han vivido mal.



Dormir o soñar, decís, y entendéis por soñar, príncipe mío, probablemente lo equivalente a vivir. Pero si es dormir, justo es que descanséis después de tantos insomnios en la terraza de Elsenor. Y si es soñar, ¿por qué temerle a los sueños, vos que tan poco miedo tenéis a los fantasmas?



No nos quejemos de que nuestros males no tengan igual: desde lo alto de las Pirámides, cuarenta siglos se reirían ante nuestras narices. No digamos tampoco que son insoportables: si lo fuesen, ya habríamos perdido la vida. Y los muertos callan o no se expresan sino con Dios.



Estos fragmentos proceden de un cuaderno de notas que tuve entre 1942 y 1948, o sea durante un período de seis años. Sólo llevan fecha aquellos escasos pasajes que se refieren claramente a acontecimientos exteriores.

                                              M.Y.
 -Texto, Marguerite Yourcenar / Imagen, Olga Minnibaeva-

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