miércoles, septiembre 24

Los ojos azules pelo negro, fragmentos. Marguerite Duras.

  

 “Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.
-Marguerite Duras-

Ella había oído hablar de aquellos tráficos cuando era joven. Las chicas de la clase hablaban de las moles de piedra y de las personas que iban allí por la noche. Algunas chicas habían ido para que los hombres las tocaran. Muchas no se atrevían, por temor. Las que habían ido, una vez de regreso, no podían ser como las que lo ignoraban. Ella había ido también un noche, tenía trece años. Allí nadie se hablaba, las cosas se hacían en silencio. Junto a las moles de piedra había cabinas. Estaban pegados a las paredes de las cabinas el uno frente al otro. Había sido muy lento, él había penetrado primero con los dedos, luego con la verga. En el deseo, él hablaba de Dios. Ella había forcejeado. Él la había sujetado entre sus brazos. Le decía que no tuviera miedo. Al día siguiente ella había sentido la tentación de hablar a su madre de su visita a aquellas personas del paso. Pero durante la cena le pareció que ella no tenía que saber nada ya respecto a su hija. La hija no ignoraba hasta aquel momento que su madre conocía la existencia de ese lugar. Hablaba de él, en efecto, una vez dijo que había que evitar ir por aquel lado de la playa llegada la noche. Lo que no sabía la hija antes de aquella noche era si aquella mujer, había, también ella, cruzado el ecuador de la otra vertiente. Fue por la mirada de la madre a la hija, aquella noche, por aquel silencio entre ellas, por aquella risa oculta, que atravesaba la mirada de connivencia inmensurable, por lo que lo supo. Eran las mismas respecto al punto de los que sucedía en aquel lugar de la noche.

Fue en la carretera nacional, al levantarse el día, tras cerrar el segundo café, cuando le dijo que buscaba a una joven para que durmiera con él durante algún tiempo, que tenía miedo a la locura.

Al oír a Elio, así tendida al lado del cuerpo desnudo de Ginetta, pensé en el amor de ambos, no en el amor en el tiempo sino en el espacio, en cómo este amor de Elio había echado raíces y se nutría cada día de esta mujer. Era un amor terrible, que hubiera podido aterrarnos porque estaba siempre tan presente, a cada minuto, tan presente y tan definitivo que daba miedo, como si estuviera hecho para lo absoluto, porque te obligaba a creer en el amor y, lejos de empobrecerte porque tú no vivieras un gran amor de este tipo, lejos de entristecerte, te hacía esperar del amor más de lo que habías esperado hasta entonces, y te maravillabas (ésta es la palabra, creo yo, estar maravillado, es decir, quedarse privado de razón ante un prodigio) de que dos seres, un hombre y una mujer, puedan encontrar el uno en el otro un interés tan total, tan renovado cada día, intacto, que sustituían el uno para el otro a la totalidad del mundo. No es que Elio o Ginetta no se ocuparan más que de amarse: lejos de eso, son por el contrario personas muy ocupadas en la vida, absorbidas por cosas muy diversas, pero son el uno para el otro ese trampolín desde el cual parten cada día, valiéndose de ese impulso que sólo encuentran el uno en el otro. Se me dirá que era mucha suerte asistir a un amor semejante en un paisaje como el de Bocca di Magra. Yo creo que era una suerte.

Ella le dice que vaya. Venga. Le dice que es puro terciopelo, un vértigo, pero también, no vaya a pensar, un desierto, algo maléfico que conduce además al crimen y ala locura. Ella le pide que vaya a ver aquello, que es algo infecto, criminal, un agua turbia, el agua de la sangre. Que un día tendrá que hacerlo aunque sea una vez...

Ella quiere oír cómo amaba él a ese amante perdido. Él dice: Más allá de las propias fuerzas, más allá de la vida. Ella quiere oírlo de nuevo. Él vuelve a decirlo. Ella se cubre otra vez el rostro con la seda negra, él se tiende a su lado. Nada en sus cuerpos se toca. Su inmovilidad es común. Ella repite con la voz de él: Más allá de las propias fuerzas, más allá de la vida.

Una noche él descubre que ella mira a través de la seda negra. Que mira con los ojos cerrados. Que sin mirada mira. La despierta, le dice que tiene miedo de sus ojos. Ella dice que es de la seda negra de lo que tiene miedo, no de sus ojos.

El está tendido junto a ella. Ella está bajo la seda negra con los ojos cerrados. Ella acaricia los ojos, la cavidad de los ojos, la boca, los pómulos, la frente. Busca como ciega otro rostro, a través de la piel, los huesos (...) Y grita… Aparta las manos del rostro del hombre de la habitación como si se hubiera quemado, se separa de él, va a lanzarse junto a la pared del mar. Grita. (...) Llama a alguien con voz muy baja, sorda, llama como en su presencia, como lo haría con un muerto...

A ella no le habla de él. No se le ocurre. No habla de su vida. Nunca se le ha ocurrido que pudieran hacerlo. Las palabras no están ahí ni la frase para colocar en ella las palabras. Para que ellos digan lo que les sucede existe el silencio o bien la risa, o, a veces, por ejemplo, además, llorar.

Él le dice que un único y mismo extranjero era la causa de su desesperación aquella noche a la orilla del mar. Ella recuerda que él le ha hablado con frecuencia de un joven extranjero de ojos azules pelo negro pero que ella no había pensado nunca que se tratara de aquel que ella había amado.
 -Texto, Marguerite Duras-

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