La Lengua de Dionisios...

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miércoles, septiembre 17

Fragmentos de Lumpérica, de Diamela Eltit





Porque el frío de esta plaza es el tiempo que se ha marcado para suponerse un nombre propio, donado por el letrero que se encenderá y se apagará, rítmico y ritual, en el proceso que en definitiva les dará la vida: su identificación ciudadana.



Nombres sobre nombres con las piernas entrelazadas se aproximan en traducciones, en fragmentos de palabras, en mezclas de vocablos, en sonidos, en títulos de films. Las palabras se escriben sobre los cuerpos. Convulsiones con las uñas sobre la piel: el deseo abre surcos.



Ah, por una pura mirada, por un gesto, yo habría contado otra historia.



Su alma es establecerse en un banco de la plaza y elegir como único paisaje verdadero el falsificado de esa misma plaza. Su alma es cerrar los ojos cuando vienen los pensamientos y reabrirlos hacia el césped.



Reflexiona, sus ojos recorren su traje, se limpia el agua de la cara. Mira a su alrededor y constata que ningún pálido ha llegado esa noche y aunque aún es tiempo, intuye que no vendrán, como si el espectáculo que les fuera a ofrecer ya no tuviera sentido. Está sola y por eso su actuación es nada más que para el que la lee, que participa de su misma soledad.



Sus ojos son a mis ojos sufrientes de la mirada, son a los míos guardianes; sus uñas de los pies son a mis uñas gemelas en su absurdidad; sus manos son a mis manos gemelas en su pequeñez, son a las mías gemelas en ausencia de sortijas; sus palmas son a las mías la verdadera fundación de placer; sus brazos son al igual que los míos sensibles en las muñecas para que ninguna forma de vida se evada por algún hipotético orificio; su cintura es la penitenciaría/el éxtasis fina, su cintura es a la mía en la pertinaz insistencia en esta vida/ es marginación.



Empieza a decir toda bella palabra hasta extasiarse, sonriendo las dice y así este paisaje en diurno se convierte para la noche y aunque sus párpados están traspasados, se convence de no mirar para no ser tocada por la veta. De lana en seda, de carne en maniquí, hasta que la lluvia resbala por ese nuevo soporte. Así ya no es necesario que diga más o se llame a sí misma piedra preciosa, material sólido, para poder, quizás, solazarse en esa agua que no la toca penetrándola.



No hay literatura que nos haya retratado en toda su consensurabilidad, por eso ellos, como trabajo cotidiano, se aferran a sus formas y cada gesto cuando se tocan conduce al clímax. Así se acercan hacia el final siendo ese umbral el placer: un puro desvarío la lluvia.



Pero si fuera ella la lectura, al lector se imprimiría en letras/ lineal eficacia lograría, historia matizada, titulares, toda la tipografía atravesara, papeles de diversos gramajes, prensa de avanzado modelo, todo para el lector que la leyera, en letra hasta extranjero idioma alcanzaría.



 Pero si ella rozara un poco más su mirada con la otra y la dejara ir de largo hasta que el negro en ojo negro se frotara, entonces la vulgaridad sería la forma escrita. Esa manía escrita, su trivial afectividad.



Teñidas las mejillas se para bajo el farol y sobre el metal su dedo caligráficamente escribe en forma imaginaria -como los niños- “dónde vas” con letras mayúsculas y con la mano completa borra lo escrito. Lo ensaya de nuevo en el centro de la plaza, curvada sobre el cemento ocupando para sus letras amplios espacios. Ensaya sus palabras. Los otros la observan desde sus lugares. Una y otra vez hasta que la mano enrojece y se despelleja de tanto borrado.



Es la misma desharrapada que se tiende sobre la letra y la humedad del suelo no es nada comparada con la magnificencia de su echada sobre el piso, con la misma humedad del vestido gris y la pelada. Ha recibido los mejores atributos, mojada debía ser, enferma de frío, cansada. Por primera vez su sonrisa la convulsiona/ha visto la frase completa y se arrastra sobre ella para frotarse, se imprime el humedecido traje, hasta la macilenta cara se imprime.



 Nada más ocupaba su pensamiento, hasta que una idea emergió de su cerebro: todo ese espectáculo era para ella. Sabía con certeza que nadie más estaba a esa hora pendiente del luminoso, por eso ese lujo le pertenecía. Alguien había montado esa costosa tramoya en la ciudad, como don para sí; con escritura y colores, con colores y movimientos, cálculos ingenieriles, trabajo manual, permisos. Todo eso para que ella sentada en la plaza en la noche se dejara llevar realmente por el deslumbramiento de esos vidrios que insuflados de colores, activados por baterías, la sometieran a ella.



Cuando ya no era ella misma, sino lo que el espacio había construido a partir de su permanencia, lo que el luminoso le había donado al meterle ideas en la cabeza de tanta letra que le había tirado sobre los ojos, hasta lograr descifrar lo inicialmente cifrado. Letra a letra, palabra por palabra, en esas horas en que gastó su mirada dejando ir sus ojos sobre los neones; evitando los mensajes aparentes que podrían haberla inducido a un error por quedarse en la superficialidad de la letra.

 Texto, Diamela Eltit / Imagen, Xi Pan-


Puede descargar el libro Lumpérica, de Diamela Eltit, cliqueando sobre este enlace Share 55030324-Lumperica-Diamela-Eltit.pdf - 20 MB

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