La Lengua de Dionisios...

Inquietar -Libros para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

jueves, septiembre 11

Días de guardar -Fragmento, 1970-, Carlos Monsivais



II. Tlatelolco
2 de noviembre de 1968. La recuperación litúrgica de la fecha. En la ciudad de México el drama y el patetismo de lo irremediable se representan, no en el Panteón de Dolores ni en el Panteón Jardín, sino en un espacio insólito. Tlatelolco es el lugar del retorno. Desde muy temprano, ante la inextricable y vigilante reserva de los granaderos y la policía, la Plaza de las Tres Culturas se va poblando con los vecinos del lugar y los amigos y los familiares de los desaparecidos un mes antes. Allí fue: todos lo saben y algunos lo repiten como una hipótesis, quizás para aminorar el estupor, tal vez para convencerse así mismos de que no ha sido cierto, de que la pesadilla es un vacío resplandeciente. Hace un mes, hubo un mitin en Tlatelolco

 (...)
Era la tarde del mitin. Faltaban diez días para que diesen principio los XIX Juegos Olímpicos y fuese notificado el planeta entero de cuánto habíamos progresado desde que Cuauhtémoc arrojó la última flecha. Y eran las cinco y media y la gente se agrupaba, absorta en la fatiga de quien presiente la transferencia que lo convertirá en el asistente del próximo mitin y estaban los Comités de Lucha con sus pancartas y los brigadistas y los padres y madres de familia seguros de la calidad de su apoyo y había simpatizantes de clase media y empelados o profesionistas arraigados en la justicia del Movimiento Estudiantil y periodistas nacionales y reporteros de todo el mundo y quienes vendían publicaciones radicales y quienes vendían dulces y curiosos y habitantes de Tlatelolco.



(...)
Y se oyeron los primeros tiros y alguien cayó en el tercer piso del Edificio Chihuahua y todos allí arriba se arrojaron al suelo y brotaron hombres con la mano vendada o el guante blanco y la exclamación “¡Batallón Olimpia!”, y el gesto era iracundo, frenético, como detenido en los confines del resentimiento, como hipnótico gesto que se descargaba una y mil veces, necedad óptica, engendro de la claridad solar desaparecida, descomposición del instante en siglos alternados de horror y de crueldad.

Y el gesto detenido en la sucesión de reiteraciones se perpetuaba: la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver.

Y alguien alcanzó a exclamar desde el tercer piso del Edifico Chihuahua: “¡No corran. Es una provocación!” Y como otro gesto inacabable se opuso la V de la victoria a la mano con el revólver y el crepúsculo agónico dispuso de ambos ademanes y los eternizó y los fragmentó y los unió sin término, plenitud de lo inconcluso, plenitud de la proposición eleática: jamás dejará la mano de empuñar el revólver, jamás abandonará la mano la protección de la V.
Y los tanques entraron a la Plaza y venían los soldados a bayoneta calada y los soldados disponían al correr de esa pareja precisión que el cine de guerra ha eliminado (por infidelidad de la banda sonora) y que consiste en la certidumbre de la voz de mando, una voz de mando que se transformará en estatua o en gratitud de la patria, pero que antes es coraje y alimento, cansancio y fortaleza, severidad de los huesos, simiente de obstinación, voz de mando que distribuye los temores y las incitaciones. Y cesó la imagen frente a la imagen y el universo se desintegró, ¡llorad amigos! Y el estruendo era terrible como apogeo de un derrumbe que puede ser múltiple y único, inescrutable y límpido. El clamor del peligro y el llanto diferenciado de las mujeres y la voz precaria de los niños y los gemidos y los alaridos se reunieron como el crecimiento preciso de una vegetación donde los murmullos son del tamaño de un árbol y lo plantado por el hombre resiste las inclemencias de la repetición. Y los alaridos se hundieron en la tierra preñándolo todo de oscuridad.

Y los hombres con el guante blanco y la expresión donde la inconsciencia clama venganza dispararon y el ejército disparó y la gente caía pesadamente, moría y volvía a caer, se escondía en sus aullidos y se resquebrajaba, seguía precipitándose hacia el suelo como una sola larga embestida interminable, sin tocarlo nunca, sin confundirse jamás con esas piedras. Los niños corrían y eran derribados, las madres se adherían al cuerpo vivo de sus hijos para seguir existiendo, había llanto y tableteo de metralla, un ruido que no terminaba porque no empezaba, porque no era segmentable o divisible, porque estaba hecho jirones y estaba intacto. Los fusiles y los revólveres y las ametralladoras entonaban un canto sin claudicaciones a lo que moría, a lo que concluía entonces, iluminado con denuedo, con hostil premura, por la luz de bengala que había lanzado un helicóptero.
Y el olor de la sangre era insoportable porque también era audible y táctil y visual. La sangre era oxígeno y respiración, el ámbito de los estremecimientos finales y las precipitaciones y los pasos perdidos. Se renovaba la vieja sangre insomne. Y la sangre, con esa prontitud verbal del ultraje y el descenso, sellaba el fin de la inocencia: se había creído en la democracia y en el derecho y en la conciencia militante y en las garantías constitucionales y en la reivindicación moral. La inocencia había sido don y tributo, una inminencia al precipicio, algo siempre remitido al principio, allí donde el llanto y las reverberaciones de la sangre y el rescoldo de la desesperanza se gloriaban en la memoria de los días felices, cuando se vivía para la libertad y el progreso. Los cadáveres deshacían la Plaza de las Tres Culturas, y los estudiantes eran detenidos y golpeados y vejados y los soldados irrumpían en los departamentos...
(...)
Ametralladoras, bazukas, y rifles de alto poder disolvían la inocencia. Los rostros desencajados reducían a palidez y asco el fin de una prolongada confianza interna: no puede sucedernos, no nos lo merecemos, somos inocentes y somos libres. El zumbido de las balas persistía, se acumulaba como forma de cultura, los buenos deseos reformistas del pasado. La temperatura del desastre era helada y recia y la gente tocaba con desesperación en la puerta de los departamentos y allí se les recibía y se les calmaba y desparramándose en el piso todos compartían y acrecentaban el dolor y el asombro. Los detenidos eran registrados y golpeados con puños y culatas y pistolas. Los agentes de policía emitían dictámenes: “A la pared, a la pared.” La inocencia se extinguía entre fogonazos y sollozos, entre chispas y ráfagas.
-Texto, Carlos Monsivais / Fotografías de archivo, México, 1968-

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