martes, julio 15

CARTAS A UNA MUJER JOVEN

                                                      
Soglio, Graubünden, Suiza 
                                                                                                                                     
2 de agosto de 1919

La forma más precisa y certera, estimada Señora, de responder a las líneas que usted me envía, es asegurarle hasta qué punto comprendo el impulso que las gestó. La obra de arte no puede mejorar ni cambiar nada. Cuando existe se enfrenta al hombre como la naturaleza misma, como una fuente, quizá se pueda decir: indiferente. Pero en el fondo, nosotros sabemos que esta segunda y discreta naturaleza no supeditada a ninguna voluntad que la determine, se origina a partir de lo humano, a partir de los extremos del padecimiento y la alegría... Aquí se encuentra la llave de aquella cámara que guarda el inagotable consuelo reunido en la obra de arte, sobre la cual justamente el solitario debe hacer valer un derecho particular, indecible. Hay momentos en la vida, yo lo sé, años tal vez, en donde el estar solo entre los semejantes alcanza un grado que uno no hubiese admitido en los momento de compañía espontánea y familiar. La naturaleza no es capaz de acercarse, somos nosotros quienes debemos darle otro sentido, conquistarla, traducirla en cierto modo a términos humanos para alcanzar una ínfima parte de ella. Y es ése justamente el lujo que un solitario no puede darse: pretende ser recompensado en forma incondicional, no puede brindar ninguna retribución. Como el hombre que en la merma de su vitalidad apenas desea abrir la boca para recibir el bocado que se le ofrece, aquello que debe y quiere llegar hasta el solitario debe asaltarlo por sorpresa, como si tuviera nostalgia de él, como si su único objetiva fuera apoderarse de esa existencia para transformar cada átomo de debilidad en pura entrega. Aun entonces, nada ha cambiado en rigor, es presuntuoso pretender que la obra de arte puede brindar algún tipo de ayuda. La tensión humana que la obra guarda en sí misma sin proyectar, esa intensidad interior que no se hace extensiva, debe provocar el
desengaño por su sola presencia, como si fuera necesidad, aspiración, solicitud, como si fuera amor solícito y arrebatado, tumulto destino... es ésta la buena conciencia de la obra de arte (y no su finalidad). Este engaño que existe entre ella y el solitario se asemeja a todas aquellas mentiras piadosas a través de las que se manifestó lo divino desde los comienzos de la historia.
Mi afán de ser explícito llega a la indiscreción. Pero su carta se dirigía a mí en particular y no a cualquier persona signada con mi nombre. Por eso, y para no recurrir a frases hechas, no quise ser
menos preciso en brindarle las verdaderas y concretas dimensiones de mi experiencia.
El que me hablara usted acerca de su hijo le otorga a su carta un matiz de confianza que recibo con la absoluta y mejor disposición. Si le complace, cuénteme siempre acerca de usted y de este niño sin
temor de utilizar demasiadas carillas para esto. Pertenezco a aquel tipo de hombres que, fuera de moda, aun consideran la correspondencia como una de las formas de comunicación más hermosas y fecundas. Debo confesar que esta actitud aumenta las dimensiones de mi correspondencia hasta lo infinito. De modo que el trabajo y una inevitable “sécheresse d’âme” (como en la última guerra) consiguen enmudecerme, a menudo durante meses, Por eso yo no mido las relaciones entre los hombres con la vara mezquina de la existencia humana, antes bien con la de la naturaleza.
Que esto signifique de ahora en adelante, si usted así lo desea, un compromiso y una amistad entre nosotros (2). Yo estaré ausente durante mucho tiempo, pero puedo regresar en cualquier momento,
si no le parece mal, en calidad de cómplice y conocedor como he podido serlo hoy por primera vez.
 
-Texto, Rainer María Rilke / Traducción y notas de Gabriela Massuh / Fotografía, Noe Sendas-
 


(2)  Lisa Heise se había acercado a Rilke a través de “Das Buch der Bilder” (El libro de las imágenes). Inmersa en una profunda crisis existencial, le agradece al poeta en una carta de 1919 “el profundo consuelo que le deparaban sus poesías”. Años después le confiesa al editor de las cartas: “más que el mágico encanto de los versos, me conmovieron y estremecieron la vívida cercanía, el serio y profundo humanismo del poeta que lograron elevarme del desconsuelo personal hacia las esferas de lo universal".

                                                                                       

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