jueves, agosto 1

La Grande -Fragmento-


La ebriedad, objetivo principal del consumo de vino, no debe ser mencionada,  aunque es por definición la razón de ser misma del vino; y la ebriedad empieza ya con la primera copa, de modo que sólo los hipócritas pretenden que hay que tomar con moderación. Entre el estado que procura el primer sorbo de vino y la inconsciencia final de la borrachera, no hay más que una diferencia de grado. Desde la primera copa, el otro, o lo otro —la otredad— que buscamos, aflora desde dentro en el único sitio en el que razonablemente puede encontrarse, es decir en nosotros mismos. El vino modifica, a la vez, al bebedor y al mundo. La nitidez sensorial provoca, provisoria, el olvido del abismo, permitiendo que se instale, casi enseguida, la alegría, la agudeza, la fuerza; importa poco que más tarde, con la segunda o tercera botella, la intranquilidad, la angustia, la confusión, el furor, vuelvan a tomar posesión del cuerpo y de la mente: la ebriedad otorga el don tan difícil de obtener, de ser al fin uno mismo. Sobrios, estamos como expulsados de nuestra vida interior; la ebriedad nos la restituye. 
Es la única función del vino; y el alcohol es sagrado en todas las civilizaciones, salvo en la nuestra, donde, como todo el resto, se transformó en mercancía. Debe ser un rasgo del cristianismo, porque en Las mil y una noches, los comerciantes en vino son siempre cristianos. En vez de pretender desterrar la ebriedad del consumo del vino, habrá que admitir que en realidad existe la ebriedad sin vino, y que buscarla a través del vino constituye una búsqueda del propio ser, lo que la sobriedad por lo general oblitera. Lo más probable es que para no encontrarse con uno mismo se practique, en forma programática, la sobriedad. La ebriedad natural, sin coadyuvantes tóxicos, como el vino y otras drogas, también está mal vista.
La locura, por ejemplo, puede ser considerada una especie de ebriedad causada por una combinación de agentes internos y exteriores. La mística es otra: por eso, los místicos, borrachos de la divinidad, son mal vistos en todas las religiones. Pero hay una ebriedad pasajera, no tóxica, que asalta al sujeto de un modo súbito, haciéndolo cambiar de estado y verse durante unos instantes y ver, a la vez, al mundo diferente, extraño, en un estado transitorio durante el cual lo banal se enaltece, lo familiar se vuelve remoto, y, lo desconocido, familiar. Esta ebriedad inmotivada, que puede causar exaltación o pánico, pone en contacto con la otredad tan buscada a través del vino, y por lo tanto es tan sospechosa como la otra, que el vino procura. La búsqueda deliberada de esa otredad de lo mismo que hay en uno y en el mundo, puede ser considerada como el ejercicio de una metafísica práctica. Y la toma de contacto con esa otredad, exaltante o dolorosa, poco importa, como una experiencia mística pasajera. Nula saca la libreta de notas del bolsillo, depositándola sobre la mesa de trabajo y con una birome negra que retira de un cacharro, después de trazar una línea, un redondelito y otra línea sobre el renglón vacío para separar la nueva nota, de la anterior, medita durante unos segundos y escribe: Concebir un dualismo materialista a partir de percepciones múltiples y contradictorias, en un solo individuo o en muchos: la otredad de lo mismo, como el anverso y el reverso de una lámina delgada, que si uno la da vuelta, reverso y anverso cambian de lugar, ocupando el del otro. Lo mismo transformándose, incesante, en lo otro.

-Texto, Juan José Saer / Fotografía, Sergi Sorbi-

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