viernes, agosto 9

Retrato de Sara y de Yukel en el grito



Manos huidas, aferradas a vuestras antorchas.
El cielo os ha confundido con pájaros.
El nido ha destronado al arco y al árbol.
                                                                 
REB LEZER                          

Este trazo blanco en la página blanca es el trazo del grito.
Ya no teme al obstáculo.
No le estorba la tinta.
¿Deja el ave una huella de su vuelo?
Tú sigues con la mirada al pájaro.
Aquí, el oído es el orden.

           («El ojo hace ver lo que escucha, lo que cata, lo que palpa. Yo soy todo ojos en mi cuerpo.»                                                                        
                                    REB GAMRI)
 

Y Yukel dijo:

¿Quién sabrá beber en mis palabras?
¿Lo he sabido hacer yo acaso?
En mi libro, en el seno de la soledad,
tu soledad me es, para siempre, debida.


Texto, Edmond Jabès/ Imagen, José Manuel Llavaneras-

domingo, agosto 4

La invención de la soledad -Fragmento-



Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro. Sólo podemos conocer un poco a otro ser humano, si es que esto es posible, en la medida en que él se quiera dar a conocer. Un hombre dirá: "tengo frío", o temblará, y de cualquiera de las dos formas sabremos que tiene frío. Pero ¿qué pasa con el hombre que ni dice nada ni tiembla? Cuando alguien es inescrutable, cuando es hermético y evasivo, uno no puede hacer otra cosa que observar; pero de ahí a sacar algo en limpio de lo que observa hay un gran trecho.
No quiero dar nada por sentado.
Él nunca hablaba de sí mismo, nunca parecía que hubiera nada de lo cual pudiera hablar. Era como si su vida interior lo eludiera incluso a él.
No podía hablar de ello y por lo tanto se refugiaba en el silencio.
Y si no hay nada más que silencio, ¿no será presuntuoso que hable yo? Sin embargo, si hubiera habido algo más que silencio, ¿acaso habría sentido la necesidad de hablar?
Mis opciones son limitadas. Puedo permanecer en silencio, o hablar de cosas que no pueden probarse. Al menos quiero presentar los hechos, ofrecerlos de la forma más directa posible y dejarlos decir lo que tengan que decir. Pero ni siquiera los hechos dicen siempre la verdad.
Era de una neutralidad tan implacable, su conducta era tan absolutamente predecible, que todo lo que hacía resultaba sorprendente. Uno no podía creer que existiera un hombre así, sin sentimientos, que esperara tan poco de los demás. Pero si no existía ese hombre, entonces había otro, un individuo oculto tras aquel que no estaba allí, y el asunto es encontrarlo. Siempre y cuando esté ahí para que uno lo encuentre.


-Texto, Paul Auster / Imagen, Victoria Selbach-

Silencio -Fragmento-



Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron, pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aún el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento. Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio. 

-Texto, Clarice Lispector / Imagen,  Javier Clavo-

jueves, agosto 1

La Grande -Fragmento-


La ebriedad, objetivo principal del consumo de vino, no debe ser mencionada,  aunque es por definición la razón de ser misma del vino; y la ebriedad empieza ya con la primera copa, de modo que sólo los hipócritas pretenden que hay que tomar con moderación. Entre el estado que procura el primer sorbo de vino y la inconsciencia final de la borrachera, no hay más que una diferencia de grado. Desde la primera copa, el otro, o lo otro —la otredad— que buscamos, aflora desde dentro en el único sitio en el que razonablemente puede encontrarse, es decir en nosotros mismos. El vino modifica, a la vez, al bebedor y al mundo. La nitidez sensorial provoca, provisoria, el olvido del abismo, permitiendo que se instale, casi enseguida, la alegría, la agudeza, la fuerza; importa poco que más tarde, con la segunda o tercera botella, la intranquilidad, la angustia, la confusión, el furor, vuelvan a tomar posesión del cuerpo y de la mente: la ebriedad otorga el don tan difícil de obtener, de ser al fin uno mismo. Sobrios, estamos como expulsados de nuestra vida interior; la ebriedad nos la restituye. 
Es la única función del vino; y el alcohol es sagrado en todas las civilizaciones, salvo en la nuestra, donde, como todo el resto, se transformó en mercancía. Debe ser un rasgo del cristianismo, porque en Las mil y una noches, los comerciantes en vino son siempre cristianos. En vez de pretender desterrar la ebriedad del consumo del vino, habrá que admitir que en realidad existe la ebriedad sin vino, y que buscarla a través del vino constituye una búsqueda del propio ser, lo que la sobriedad por lo general oblitera. Lo más probable es que para no encontrarse con uno mismo se practique, en forma programática, la sobriedad. La ebriedad natural, sin coadyuvantes tóxicos, como el vino y otras drogas, también está mal vista.
La locura, por ejemplo, puede ser considerada una especie de ebriedad causada por una combinación de agentes internos y exteriores. La mística es otra: por eso, los místicos, borrachos de la divinidad, son mal vistos en todas las religiones. Pero hay una ebriedad pasajera, no tóxica, que asalta al sujeto de un modo súbito, haciéndolo cambiar de estado y verse durante unos instantes y ver, a la vez, al mundo diferente, extraño, en un estado transitorio durante el cual lo banal se enaltece, lo familiar se vuelve remoto, y, lo desconocido, familiar. Esta ebriedad inmotivada, que puede causar exaltación o pánico, pone en contacto con la otredad tan buscada a través del vino, y por lo tanto es tan sospechosa como la otra, que el vino procura. La búsqueda deliberada de esa otredad de lo mismo que hay en uno y en el mundo, puede ser considerada como el ejercicio de una metafísica práctica. Y la toma de contacto con esa otredad, exaltante o dolorosa, poco importa, como una experiencia mística pasajera. Nula saca la libreta de notas del bolsillo, depositándola sobre la mesa de trabajo y con una birome negra que retira de un cacharro, después de trazar una línea, un redondelito y otra línea sobre el renglón vacío para separar la nueva nota, de la anterior, medita durante unos segundos y escribe: Concebir un dualismo materialista a partir de percepciones múltiples y contradictorias, en un solo individuo o en muchos: la otredad de lo mismo, como el anverso y el reverso de una lámina delgada, que si uno la da vuelta, reverso y anverso cambian de lugar, ocupando el del otro. Lo mismo transformándose, incesante, en lo otro.

-Texto, Juan José Saer / Fotografía, Sergi Sorbi-
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