La Lengua de Dionisios...

Inquietar -Libros para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

viernes, febrero 25

Las hermosas



Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la piel a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con su finos tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma duro verdemente.

Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.

Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.

-Texto, Gonzalo Rojas // Imagen, Tamara de Lempicka-

martes, febrero 22

No es que muera de amor...



No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ése,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos...

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y por cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor,
muero en tu vientre que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin,
muero de máscaras, de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas, inconsolable,
a gritos, dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen de atrás de ti,
los que a ti llegan.
Nos morimos, amor,
y nada hacemos sino morirnos más,
hora tras hora, y escribirnos y hablarnos y morirnos.

-Texto, Jaime Sabines // Imagen, Victoria Selbach-

miércoles, febrero 16

Receta de mujer



Las muy feas que me perdonen,
pero la belleza es fundamental. Es necesario
que haya algo de flor en todo eso,
algo de danza, algo de haute couture
en todo eso (o entonces
que la mujer se socialice elegantemente en azul, como en la República Popular China). No hay términos medios posibles. Es necesario
que todo eso sea bello. Es necesario que de pronto
se tenga la impresión de ver una garza apenas posada y que un rostro adquiera de vez en cuando ese color sólo aprehensible en el tercer minuto de la aurora.
Es necesario que todo eso sea sin ser, pero que se refleje y germine
en la mirada de los hombres. Es necesario, es absolutamente necesario
que todo sea bello e inesperado. Es necesario que unos párpados cerrados
recuerden un poema de Éluard y que se acaricie en unos brazos
alguna cosa más allá de la carne: que se los toque
como al ámbar de una tarde. Ah, dejadme deciros
que es necesario que la mujer que allí está como la corola ante el pájaro
sea bella o por lo menos tenga un rostro que recuerde un templo y
sea ligera como un resto de nube: pero que sea una nube
con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas. Los ojos,
y esto ni se discute, que miren con cierta maldad inocente. Una boca
fresca (¡nunca húmeda!) móvil, viva, es también obstinadamente requerible. Es necesario que las extremidades sean flacas: que los huesos
despunten, sobre todo la rótula al cruzar las piernas, y las pélvicas puntas
en el abrazo de una cintura móvil. Gravísimo es sin embargo el problema de las clavículas: una mujer sin sabrosas clavículas
es como un río sin puentes. Indispensable
es que haya una hipótesis de barriguita, e inmediatamente
la mujer se eleve como un cáliz, y que sus senos
sean de estilo greco-romano, antes que gótico o barroco,
y puedan iluminar la oscuridad con una capacidad mínima de cinco velas.
Es absolutamente preciso que el cráneo y la columna vertebral
se vislumbren ligeramente… ¡y que exista un gran latifundio dorsal!
Los miembros que terminen como astas, pero que haya un cierto volumen de muslos
y que sean lisos, lisos como un pétalo y cubiertos de suavísimo vello
absolutamente sensible a la caricia en sentido contrario.
Es aconsejable en la axila un dulce césped de aroma propio
apenas sensible (¡un mínimo de productos farmacéuticos!).
Preferibles son sin duda los cuellos largos
de forma que la cabeza dé a veces la impresión
de no tener nada que ver con el cuerpo, y la mujer nos recuerde
flores sin misterio. Pies y manos deben contener elementos góticos
discretos. La piel debe ser fresca en las manos, en los brazos, en la espalda y en la cara,
pero los recovecos e interioridades deben tener una temperatura nunca inferior A 37° centígrados, capaces eventualmente de provocar quemaduras
de primer grado. Los ojos, que sean de preferencia grandes
y de rotación por lo menos tan lenta como la de la tierra; y
que se sitúen siempre más allá de un invisible muro de pasión
que es necesario sobrepasar. Que la mujer sea alta en principio. O, si es baja, que tenga la actitud mental de los altos pináculos.
Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que, si se cierran los ojos,
al abrirlos ella no estará más presente
con su sonrisa y sus intrigas.
Que ella surja, no venga; parta, no vaya;
y que posea una cierta capacidad de enmudecer súbitamente y hacernos beber
la hiel de la duda. Oh, principalmente
que ella no pierda nunca, no importa en qué mundo,
No importa en qué circunstancias, su infinita volubilidad
de pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
se transforme en esfera sin perder su gracia de ave; y que exhale siempre
el imposible perfume; y destile siempre
la embriagante miel; y cante siempre el inaudible canto
de su combustión; y no deje de ser nunca la eterna danzarina
de lo efímero; y en su incalculable imperfección
constituya la cosa más bella y perfecta de toda la innumerable creación.

-Texto, Vinicius de Moraes // Imagen, Escha van den Bogerd-

martes, febrero 8

El eco de mi madre - Poema 11-



A ver, a ver, a ver, repetía antes de morirse
como si algo le tapara la visión del otro camino
ése que ella ya tenía delante de las narices
pero que la dirección de su cuerpo aún se negaba a tomar.
A ver, a ver, a ver, siguió insistiendo hasta el cansancio
mientras los que rodeábamos su cama queríamos ver también
si es que realmente algo visible,
un ángel o cualquier otra aparición,
metida de lleno en la asepsia de ese cuarto
podía darnos la clave médica de que algo estaba por pasar.
Después de que murió me sentí culpable
de haberla confrontado con sus fantasmas
a ver qué, mamá, a ver qué, a ver qué.
Y aunque nada había para ver, eso es seguro,
ella encontró, parece, el objeto que buscaba
porque de un minuto para otro se quedó muda
mientras yo con la pregunta en la boca
me fui rumiando las razones de todos los asuntos del mundo
que en la cadencia insoportable de su repetición
no tienen, no tienen y no tienen
ninguna respuesta.

-Texto, Tamara Kamenszain // Imagen, Tran Nguyen-
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