lunes, enero 31

Embriaguez de la muerte



Quiero una casa de piedra junto al mar.

Quiero saber que detrás de cada cosa
estarías esperando mi pecho para caer,
como un oleaje.
Que echarías tu cabeza de diamante imprevisto
en el agua madura de mis hombros,
buscando, como um pez ávido de soledad,
un par de lunas de limo detenido
en las que un bosque antiguo recogiera sus iniciales savias.

Yo calzaría el crepúsculo entero entre mis dedos
probándome su herencia de anillos,
esperando que creciera en mi cara el polen de la eternidad.
Y tu dirías:
soplo el tiempo? descubro la llama
que habrá de cortar por siempre
esta piedra frutal de tu ceniza
mordida entre los dientes fríos de la muerte.
Y yo sentiría crecer todas las magnolias del mundo bajo el mar.

Eras un marino ciego contando barcos
por el recuerdo de las constelaciones en el puerto.

Y encendías con pequeñas cartas tu pipa azul
lamida con lenta lengua insomne.
Abrías en tus rodillas un álbum temporal de estampas sueltas
y clavabas con embriagados dedos las palabras
y sus mariposas secas en el resplandor del vuelo.
Sucias arañas nocturnas
derramaban las fechas de tus vinos más lentos
y en la piel te crecía una yerba de cántico enraizada en los huesos
cuando me recordabas.
Entonces yo tenía la edad de las campanas.
Pero no conocía el verde campanario del mar

Ahora recibo la convulsa marejada
y una voz nunca oída levanta, fecundando, árboles de adentro.
Y un cinturón de islas me descubre fronteras
y arden bajo las sienes vastos campos de frío.

Tú, con ojos agrarios, vivos ahora y ciertos
frente a los míos de uva, de retama y de estío,
me sacudes, me llamas, breve fuego perdido,
y me ofreces tu red de peces aturdidos.

Y vigilo esa hora de légamos nocturnos
para que permanezca intacta,
porque sólo en la noche el sueño me recibe
con el dedo de Dios sobre la boca,
y el sigilo me unta sus bálsamos oscuros
y paso por el tiempo como una bestia pura.
Esa casa en el mar tendría izadas las banderas más claras del día
y jugaríamos a un viaje por todos los países
recreando sus colores en nuestra latitud.
En el aire leeríamos el diario de los pájaros
y ya podríamos hallar la luz en la pupila ciega de las frutas.

Cuando la tempestad abriera su abanico de inmensas plumas negras,
y una lengua de azufre buscara el pubis roto de los ángeles muertos,
nuestros pies estarían juntos y quietos, abandonados,
sobre el ramaje violento de la oscuridad,
pero entre nuestras manos Abel encontraría sus ramos de diamante.

Cuando la lluvia derramara su selva de abedules
y erigiera campanarios de frío llamando los bronces
enterrados en el fondo del océano;
cuando el agua soplara sobre el rostro de la tierra
las praderas del polvo entre la savia,
-como tú la eternidad sobre mi cara-
yo sé que nuestros cabellos tañerían sus liras
de betún pudoroso convocando ternuras,
como sirenas viejas buscando una ostra azul.
Cuando las estrellas descubrieran sus rodillas
y la luna copiara la playa en miniatura
y cayera de bruces en el pulso del mar
con su reloj de agujas de amaranto,
recorreríamos lentas avenidas
como un par de criaturas de pronto detenidas
en el resplandor del cántico
y su íntima y solitaria iglesia iluminada.

Quiero una casa de piedra junto al mar.
Tendrá que ser de piedra porque hay sal en la ola
y en el alga la orilla exprime ácidos zumos.
Y habremos de estar juntos, como dos piedras juntas,
veraces en el polvo,
sustentando los nombres del amor en el tiempo;
tan claros ya los huesos que erigirán ventanas minerales;
ebrios en la dulzura violeta del racimo,
con la sangre alentando fábulas de palomas,
con la antigua certeza de una estatua sin rostro rescatada del mar.
La muerte es una casa de piedra junto al mar.

-Texto, Luz Machado // Imagen, Michel Larionov-

miércoles, enero 5

El contorno



Queda eso...
con mi mundo saliste
cometa de la muerte.
Va quedando el abrazo
del vacío
un anillo girando
que perdió su dedo.

Otra vez negrura
ante la creación
ley de tristeza.
Deshojado el atolondrado oro
de la noche
que el día se permitió.

La caligrafía de las sombras
como herencia.

Paisajes coloreados de verde
con sus aguas clarividentes
ahogados
en los callejones de las tinieblas.

Cama, silla y mesa
salieron en puntillas del cuarto
tras el cabello de la separación...
Todo ha emigrado contigo
toda mi posesión fue expropiada...

sólo que tú lo que más amo me bebes
las palabras del aliento
hasta que enmudezco

-Texto, Nelly Sachs // Imagen, Man Yu Fung-

lunes, enero 3

Nao de amores



A Alfonso Reyes

Ya estoy harto de mar, de gente, de cielo;
de muerte, si Dios quiere.

Nadie podrá arrancarte de mí, sombra de sueño,
porque tengo pegada en el pecho toda tu noche
de pasión horrible.

Dentro de días estaré en la llanura
para cubrir mi corazón de polvo,
el aire de arena. Nuestra sola muerte
olvidada en un paraíso seco.

(Si pudiera encontrarte. Si pudiera bajar a Río, esta noche;
andar por las calles oliendo las hojas gruesas de los árboles;
abandonarme en la tierra hasta llenarme de piojos. Distraído.)

No quiero mi idioma, mi otra vida; no quisiera
llegar nunca. Volver si fuera posible

Magoas.

Esta noche ¡así! desprendido totalmente;
vuelto, devuelto, perseguido: ajeno mío
sin quererme. Caído en otra voz,
resbalado.

Mi corazón negándose al polvo,
ya detrás de tu cuerpo, del aire desterrado.

Bahía de Río de Janeiro, 25 de abril de 1933

-Texto, Ricardo Molinari // Imagen, Gabriel Grün-
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