La Lengua de Dionisios...

Inquietar -Libros para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

viernes, junio 25

En la altiva petalización de las horas...



Un hombre joven (EL PIANTAO
lo llamaban en el barrio),
matarife en un pulcro frigorífico del sur,
cayó en el hábito de soñar, en
los atardeceres de los perturbados equinoccios,
que tenía relaciones carnales con equívocas
flores que hubieran desertado de
consabidos bellos jardínes (a quienes
el consideraba impúdicos
antros de clausura).

Los pétalos acariciantes lo amaron,
entonces; era un roce fluido como la brisa
que aleatoriamente se desliza en esta zona.
La violencia de la penetración sexual
fue abolida; sólo la perduración de
una tibieza epidérmica lo elevaba
de su fervor encelado, de su
cruenta tarea, de su abusivo fumar.

Las constelaciones fueron ignoradas.
La Cruz del Sur fue mera resonancia
de palabras; el viraje ritual, en el
sortilegio que octubre emana
de esplendor floral y su lenta extinción
lo instalaron en el círculo de la magia
obsesiva de lo Único.

Cuando fue acusado por el Sindicato
de los Republicanos Anestesiados
y por la Asociación
Progresista de la Argentina Machista
(APAM), fue condenado a ser
recluido entre las rejas de un poema:
ominoso ostracismo del que no se vuelve.

Pero, en prisión, forjó el sentido
de su muerte; la procreación
de la danza de imágenes en
la emersión fulgente de la niñez,
en la explosión florida, y de sus contemporáneos,
los agitados, pálidos seres;
en la altiva petalización de los actos;
en la insurgencia del óvulo del limo,
levemente violenta, de la historia,
donde somos todos en lo Único.

-Texto, Aldo Oliva // Imagen, Ben Shahn-

viernes, junio 18

Bajo una pequeña estrella



Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado
por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo
el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco
de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño
a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas
respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,
cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica
porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas
y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

-Texto, Wislawa Szymborska // Imagen, Wassily Kandinsky-

lunes, junio 14

Al filo del agua (Fragmentos)



"...Eran muchos diez años de martirio; entonces podría casarse con muchacha lozana todavía; el diablo...¡el pensamiento uxoricida!...no, era el diablo, traía las figuras de cien mujeres apetitosas: María, Úrsula, Teresa, Paula, Domitila, Rosa, Epifanía, Trinidad, Ventura, Felícitas, Águeda, Cecilia, Cecilia jovencita y chapeteada, Martina de ojos capulineros y trenzas brillantes como seda, Remigia, Victoria, Eusebia, Marta, Marta llena de vida, Marta por la que se mataron dos peones de la Estancia, y Lucía, Lucía primorosa, de piel blanca, de ojos azules, y Consolación, y Marina, y Rosario, y Gertrudis, y Margarita...Centelleo de ojos, danza de caderas, río de brazos, cosecha de mejillas. Brama la sangre y crujen las arterias esclerosas...

...El nombre le quemó la cabeza y todo el cuerpo. La carta, en el seno, era como una brasa. Lo echarían de ver. Un sudor se le iba y otro se le venía, y la cena no terminaba nunca. Quiso disimular, contando las ideas que las muchachas tenían para adornar el Monumento del Jueves Santo; la voz le temblaba, toda ella temblaba, como si la estuviera viendo Julián con esas miradas de lumbre, tan extrañas, que no la dejan salir a ninguna parte sin que se le claven como alfileres ardiendo [...] era como si la hubieran sorprendido desnuda, como si la desvistieran a la fuerza; qué asco, que indignación contra el impertinente, qué deseo de acusarlo con el señor cura, con todo el pueblo, para ver si dejaba de mirarla [...] Antes iría al excusado y rompería la carta, en añicos; la maldita carta como lumbre, algunas de cuyas palabras tenía pegadas en el cerebro,punzadoras: “amor”, “tristeza”, “deseo”, “poder hablar”, “comprendernos”, “toda la vida”. Era, sin duda, lenguaje del demonio[...]¿Por qué un hombre se atrevía a mirarla y a escribirle?...

...Tiembla la doncella con extraños, indomeñables, recios estremecimientos [...] Fue primero como aquella vez, en las fiestas de Teocaltiche, cuando se dio unos toques eléctricos que eran la mayor curiosidad y sorpresa de la feria; como cosquillas internas y hormigueo de los nervios; [...] Ella sola, por su pecado; era la única que sufría el martirio de no pegar los ojos en toda la noche [...] ¡Haber vivido en un minuto, en el orgasmo de un instante, toda la existencia pecaminosa...

...El silencio más riguroso es la primera exigencia dentro de la Casa, silencio que se rompe a la hora del desayuno. en la cena son ciento veinticuatro ejercitantes que cenan en silencio. sus corazones –alterados todavía-, en silencio irán serenándose. Sus miradas, en silencio, hallarán mutua confianza, fundidas en el común afán de salvación...


-¿Ya saben que muchas mujeres andan con los maderistas, carabina en mano, las cartucheras cruzadas en el pecho?
Puertas y ventanas no dejan escapar ninguna luz. Nadie ha encendido en las casas ni un cirio. Salas, corredores, alcobas, cocinas en tinieblas, en absolutas tinieblas. Lloran los niños. Por modo tan incontenible y creciente, que sus llantos rompen la clausura, suben a las azoteas, caen a la calle, redoblan el espeluzno de la noche, atropellados por carreras, gritos, canciones, músicas desacordadas.
Ya serán las nueve o las doce -¡quién sabe!-, no se han dormido los niños; han despertado los perros, todos los perros, cuyos ladridos dominan el infernal rumor; los niños quieren pan, quieren leche, quieren suelo. Aumentan los estampidos de las detonaciones remotas o cercanas, crece el aullar de perros. A cada tiro –toda la tarde, toda la noche- se baja la sangre a los talones.
-¿Matarían a alguien?
Recomienza el fervor de los rezos comprimidos en la sofocación de las alcobas.
-No recen tan recio. Que no se oiga.
-No, no prendas las velas benditas. Con la intención basta.
-Belén, tapa bien ese cirio, que no salga la luz.
Rezos interminables en la interminable tarde, durante la interminable noche.
-Que ya le sacaron al señor cura la corneta del día del juicio que tocan en los
Ejercicios. . .
-Que ya completaron el préstamo y cargaron con todas las recuas de los mesones, para llevar los víveres.
-Ahora es el mayor peligro de las muchachas.
-Que ya se van . . .
-Ahora es el peligro mayor. . .
-¿Quién podrá escapar a tan continuos choques encontrados, a excitaciones y sobresaltos que no tienen fin?
Ya se oye una corneta destemplada que imita toques militares, tan raramente oídos en el pueblo. Cesan los tiros. Van cesando en los barrios el paso de cabalgaduras y la gritería.
-Ahí van.
-Ya se fueron. Tomaron el rumbo de Nochistlán.
-Allí sí que va a ser el día del juicio.
-¿No y aquí? ¿Se te hizo poco?
-No mataron a nadie. No se llevaron a nadie.
Transcurrido el tiempo, la renuente vigilia en azoro tiene su final estremecimiento:
¡Se llevaron a María, la sobrina del señor cura!
-¡Cómo!
-¡Sí, que no la hallan por ninguna parte!
A los primeros rumores, a la noticia categórica, sigue la ominosa versión y las airadas glosas:
-¡Que se fue por su voluntad!
-¡Sí, que estaba de acuerdo con los maderistas!
-¡Que se fueron ella y la viuda de Lucas González!
-¡Cómo!
-Sí, ¡las dos! Iban en unos caballos que le robaron a don Anselmo Toledo.
-Yo siempre pensé que en eso pararía.
-Yo siempre dije que no era gente buena, desde que se juntaba tanto con Micaela.
-Yo siempre anuncié que había de acabar en perdida.
-Leía libros prohibidos.
-Era muy rara..."

-Texto, Agustín Yáñez // Imagen, Salvador Dalí-

jueves, junio 10

Los alimentos terrestres (Fragmento)



"...Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar. Comprendí que la sed de disfrutar que nace en cada momento de voluptuosidad, se anticipa al gozo, de la misma manera como existen respuestas listas para cualquier pregunta. Fui feliz cuando las fuentes de agua me revelaron que tenía sed, y cuando estando en pleno desierto (donde la sed no se puede saciar), preferí, a pesar de todo, la fuerza febril que me inspiraba el furor del sol. Ciertas noches hallé oasis maravillosos que el deseo acumulado durante todo el día hacían más frescos aún. En la extensión de arena golpeada por el sol y como adormecida por un gran sueño - el calor era tal que vibraba en el aire - sentí el pulso de la vida, una vida que no podía dormir, que se desvanecía de tanto temblar en el horizonte, y que estaba henchida de amor a mis pies. Lo único que buscaba día a día, minuto a minuto, era hallar la manera más pura de penetrar la naturaleza.
Había recibido un don, preciado, el de no poner mayor freno a mi ser. Recordar el pasado influyó en mí sólo para dar unidad a mi vida: era como el hilo de Teseo que lo unía a su antiguo amor pero que no le impedía atravesar los paisajes más desconocidos, aunque al final, el hilo terminara por romperse. Qué increíbles involuciones! Por las mañanas, yo saboreaba en mis caminatas la presencia de una nueva existencia, el nacimiento de mi percepción. "Oh! poeta, exclamaba, tú tienes la facultad del descubrimiento perpetuo". Estaba totalmente receptivo. Mi alma era un albergue acogedor en el cruce de los caminos y recibía todo lo que se dejara captar. Me dejé buenamente convertir en un ser dócil, capaz de escuchar, al punto de no pensar en lo absoluto en mí mismo, de comprender todas las emociones que se presentaban delante de mí. Logré aplacar todo impulso de reacción hasta ya no considerar nada como algo malo y no tener que protestar por una nimiedad. Me di pronto cuenta además, que en mi apreciación de lo bello había también espacio para la fealdad..."

-Texto, André Gide // Imagen, Henri Rousseau-

jueves, junio 3

La Mujer



Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

-Texto, Ana María Shua // Imagen, Anastasiya Markovich -
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