miércoles, abril 28

Acto cultural (Fragmento)




-Herminia: Vienen enseguida. Que no se desanime nadie. Va a procederse ahora a la velada. Pero claro, hay cambios... se disfrazan... se maquillan... ¡Qué bello el teatro!, ¿no? Tan antiguo, tan como es y como debe ser. El arte, mi amor, que te llena, que te invade y tú ahí sintiendo y estrujándote como si fuera un hombre, un macho de piedra que te pasa la mano y te aprieta y te golpea y te muerde desquiciándote. Y una, transida, como decía Petit, mi marido, el que está a la izquierda de Santa Rosa de Lima, en la parcela. (Recuerda) Petit. Petit era el arte, de origen francés por supuesto. Petit, tan recordado, tan imprudente en eso de morirse, íntimo de Mauricio Ravel. Todo es arte, Herminiá... era él hablando así y llamándome Herminiá... todo es arte y ritual... ¡Los rituales de Petit! La ablución, el despojo, la partícula... porque no era tomar champagne que cualquiera toma... era el manejo, la presión, el dedo, la cultura. ¡Y yo encontrándome a cada momento del día! ¿Cómo no va una a llorar a un hombre así? Encontrándome como un documento perdido en cada rincón de Petit y especialmente en las axilas de Petit. La vida entera se me hizo un escondrijo, una vida japonesa en los detalles de Petit. Me habló de armonía, pero más que hablarme, me armonizó, me orquestó como a una partitura seca que se llena de oboes y clarinetes y violas de gamba y arpegios. Descubrió mis aguas, Petit, esas humedades de que estamos hechas las mujeres de Ejido, unas resonancias que tú tienes, mi amor, y salpican como cascadas... ¡El teatro, Herminiá...! ¡Qué bello el teatro! Así me dijo, y yo me sentí en el kamasutra del inmenso Petit, y lo amé todas las noches de cuarto en cuarto de hora, como Athalie, como Fedra, como Jimena, como Clitemnestra y siempre con las mismas uñas de aquel eterno orden conyugal...

-Texto, José Ignacio Cabrujas // Imagen, Kees Van Dongen-

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