La Lengua de Dionisios...

Inquietar -Libros para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

miércoles, abril 28

Acto cultural (Fragmento)




-Herminia: Vienen enseguida. Que no se desanime nadie. Va a procederse ahora a la velada. Pero claro, hay cambios... se disfrazan... se maquillan... ¡Qué bello el teatro!, ¿no? Tan antiguo, tan como es y como debe ser. El arte, mi amor, que te llena, que te invade y tú ahí sintiendo y estrujándote como si fuera un hombre, un macho de piedra que te pasa la mano y te aprieta y te golpea y te muerde desquiciándote. Y una, transida, como decía Petit, mi marido, el que está a la izquierda de Santa Rosa de Lima, en la parcela. (Recuerda) Petit. Petit era el arte, de origen francés por supuesto. Petit, tan recordado, tan imprudente en eso de morirse, íntimo de Mauricio Ravel. Todo es arte, Herminiá... era él hablando así y llamándome Herminiá... todo es arte y ritual... ¡Los rituales de Petit! La ablución, el despojo, la partícula... porque no era tomar champagne que cualquiera toma... era el manejo, la presión, el dedo, la cultura. ¡Y yo encontrándome a cada momento del día! ¿Cómo no va una a llorar a un hombre así? Encontrándome como un documento perdido en cada rincón de Petit y especialmente en las axilas de Petit. La vida entera se me hizo un escondrijo, una vida japonesa en los detalles de Petit. Me habló de armonía, pero más que hablarme, me armonizó, me orquestó como a una partitura seca que se llena de oboes y clarinetes y violas de gamba y arpegios. Descubrió mis aguas, Petit, esas humedades de que estamos hechas las mujeres de Ejido, unas resonancias que tú tienes, mi amor, y salpican como cascadas... ¡El teatro, Herminiá...! ¡Qué bello el teatro! Así me dijo, y yo me sentí en el kamasutra del inmenso Petit, y lo amé todas las noches de cuarto en cuarto de hora, como Athalie, como Fedra, como Jimena, como Clitemnestra y siempre con las mismas uñas de aquel eterno orden conyugal...

-Texto, José Ignacio Cabrujas // Imagen, Kees Van Dongen-

lunes, abril 26

Cien años de soledad (Fragmento)




"...Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.

-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.

Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria..."

-Texto, Gabriel García Márquez // Imagen, Kees Van Dongen-

miércoles, abril 21

El último encuentro (Fragmento)



"...Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya. Krisztina me engañó, ¡Qué frase más estúpida!... Y me engañó precisamente contigo, ¡qué rebeldía más miserable! Sí, es así, no me mires tan sorprendido: de verdad me da lástima. Más tarde, cuando me enteré de muchas cosas y lo comprendí y lo acepté todo (porque el tiempo trajo a la isla de mi soledad algunos restos, algunas señales significativas de aquel naufragio), empecé a sentir piedad al mirar al pasado, y al veros a vosotros dos, rebeldes miserables, mi esposa y mi amigo, dos personas que se rebelaban contra mí, atemorizadas y con remordimientos, consumidas por la pasión, que habían sellado un pacto de vida o muerte contra mí..."

-Texto, Sandor Marai // Imagen, Eduardo Arranz-Bravo-

martes, abril 20

Angelitos empantanados (Fragmento)




"...No sabemos a qué obedece tu presencia, pero estás allí, amor, totalmente desarraigada de lo que nos rodea. Estás allí sólo para que podamos amar, dispuesta nada más a que nuestros cuerpos pataleén enchuspados en el tuyo y se revuelquen por turno o a un mismo tiempo en tus entrañas dulces y jugosas. Y ya lo ves, estoy hablando de ti otra vez, sé que no se puede, que es imposible, pero no importa, me gusta inventar. Nada importa si total, hundimos la cabeza entre tus senos y chupamos tu pelo como si fuera apio. Adivinarnos lo que estás sintiendo tu cuerpo cuando tus rodillas nos golpean, nos maltratan en su orden de que convirtamos todo lo que te pertenece en una bella masa líquida. Y vemos nuestras caras retratadas allí donde sabes que está la palabra felicidad escrita de la forma más desconocida. Yo le tomé una fotografía y al revelarla, no había más que un relampagueé manchoso. Ni siquiera una cámara fotográfica pudo llegar a recordarla. Ella metía la mano entre mis piernas y agarraba todo, y así dormía. Repetía que sólo nos tenía a nosotros, que fuera de nosotros no existía nada, porque juntos conjurábamos a la eternidad. Nos empujaba hasta el borde de la cama. Descolgaba las piernas y nosotros, apoyados sobre la pared, nos tirábamos de cabeza por el único camino que había en el mundo. Y nos dijo que se iba a ir, y la vieja Carmen que tocaba a la puerta, para que le apuráramos. Pero nosotros jamás saldremos..."

-Texto, Andrés Caicedo // Imagen, Eduardo Vicente-

lunes, abril 19

Cómo me hice monja (Fragmento)




"...Por causa de mi enfermedad, empecé la escuela tres meses tarde, en junio. Todavía no me explico cómo me aceptaron a esa altura del año, cómo me pusieron entre los alumnos que habían empezado en término. Sobre todo tratándose de primer grado, del comienzo absoluto de la escolaridad (en mi época no existía el jardín de infantes), momento tan crucial y delicado. Menos todavía me explico por qué mamá insistió en hacerme ingresar, por qué se tomó el trabajo de conseguir que me tomaran, lo que no debe de haber sido fácil. Seguramente rogó, suplicó, se puso de rodillas. Eso era muy de ella; era su idea de la maternidad. Habrá pensado que no sabría qué hacer conmigo un año entero en casa. Pero el trabajo de llevarme a la escuela, irme a buscar, lavar y planchar los guardapolvos, comprarme los útiles, conseguir que le prestaran un libro de lectura usado, a la larga habrá hecho parecer poca cosa el alivio de tenerme ubicada durante las horas de la siesta. Habrá pensado que lo hacía por mi bien. No se le ocurrió que estar tres meses atrasada, los tres primeros meses, en primer grado, era excesivo hasta para mí. En fin. Hay que perdonar, y yo he perdonado. Tres meses no tienen por qué parecer más que tres meses, tres meses en bruto. Y la pobre mamá tenía demasiadas preocupaciones en aquel entonces. Claro que a la maestra, a la directora, es más difícil disculparlas. Quizás ellas estaban demasiado cerca de la problemática del aprendizaje, como mamá estaba demasiado lejos.
Las primeras semanas pasaron en forma de imágenes puras. El ser humano tiende a darle sentido a la experiencia mediante la continuidad, lo que sucede se explica por lo que sucedió antes; no puede sorprender que yo persistiera en mi reciente acomodación a Ana Módena y siguiera viendo gestos, mímica, historias sin audio, ante las cuales no podía hacer nada. Nadie me había explicado el objeto de la escuela, y yo estaba lejos de poder adivinarlo. Hasta ahí, el problema no me parecía grave. Lo tomaba, y con cierta obstinación, como un espectáculo, como una volatinería...
El drama empezó después... ¿Por qué será que el drama siempre empieza después de comenzado? La comedia en cambio, parece empezar antes, antes del comienzo inclusive. Pero después las perspectivas se invierten... El drama se desencadenó en mí cuando comprendí que esa escena muda que presenciaba, esa mímica abstracta de maestra y alumnos, me concernía hasta el tuétano. Era mi historia, no una ajena. El drama había comenzado en el momento en que pisé la escuela, y estaba todo frente a mí, entero, intemporal, yo estaba y no estaba en él, estaba y no participaba, o participaba sólo por mi negativa, como un agujero en la representación, ¡pero ese agujero era yo! Al menos, y debería haberlo agradecido, había llegado a entender por qué el audio de la escena se me escapaba: porque no sabía leer. Mis compañeritos sí sabían. En esos tres meses habían aprendido, quién sabe por qué milagro, un abismo se había abierto entre ellos y yo. Un abismo inexplicado, un abismo precisamente porque era un salto que no admitía descripción, un vacío. Ni ellos, ni mucho menos yo, ni siquiera la maestra, podía decir cómo habían aprendido, en qué momento exacto. Era algo que había sucedido, y basta. Para la maestra (que tenía cuarenta años de experiencia en primer grado) era rutina: pasaba todos los años, había desarrollado una ceguera localizada.
El telón se levantó para mí un día, en el baño de varones de la escuela... Pero debo explicar algunas circunstancias, sin las cuales esta anécdota resultaría oscura.
Vivíamos en las afueras de Rosario, en un área modesta, y el distrito escolar correspondiente abarcaba una mayoría de niños de baja extracción social, de hogares que muchas veces bordeaban la miseria, o pertenecían de pleno derecho a ella. En aquel entonces los ahora llamados marginales asistían a la escuela, por lo menos a los primeros grados. Además, no existían gabinetes psicopedagógicos, ni escuelas diferenciales... El clima era muy bárbaro, muy salvaje, muy "struggle for life". Las peleas eran sangrientas, literalmente. El vocabulario que las acompañaba, brutal. Yo sabía lo que eran las malas palabras, inclusive sabía cuáles eran, pero por algún motivo nunca les había prestado mucha atención. Tenía algo así como un segundo oído para captarlas, y para trasladarlas a otro nivel de percepción. Había terminado por hacerme la idea de que tenían un sentido en bloque, un sentido-acción, y no estaba lejos de la realidad. Una sola cosa-particular había salido de ese bloque. En general entre mis compañeros varones se pasaba de las palabras a los hechos cuando uno decía de pronto, ante la nebulosa (para mí) de malas palabras: "insultó a la madre".
En sí, ese detalle no presentaba dificultades para mí, porque estaba de acuerdo en que la madre era sagrada, y había notado que en el flujo de malas palabras solía estar la palabra "madre": creo que si me lo hubiera propuesto habría podido repetir la frase completa, de tanto que la había oído: "la puta madre que te parió". Ahora bien, salvo esa palabra central, el resto eran para mí sonidos sin significado. Yo era distraída a un grado difícil de concebir. Era distraída no porque me faltara inteligencia, sino porque no me importaban las cosas. La paradoja aquí era inmensa: porque a mí todo me importaba, todo me era montañas, ése era mi problema más que ningún otro... Era como si me faltara interés, pero yo sabía que era lo contrario. Este caso es un ejemplo. Yo debía de haber notado que a veces se decía "insultó a la madre" sin que la palabra "madre" hubiera sido pronunciada, pero lo había dejado pasar, y en retrospectiva, en bloque, pensaba cómodamente que sí se había dicho "madre" y que a mí se me había escapado. Una vez, sin embargo, no tuve más remedio que notar que no era así. Hubo una pelea en un recreo, cerca del molino que había al fondo del patio. En las peleas, todos iban a ver, se formaban unos círculos multitudinarios: eso hacía que nunca pasaran desapercibidas. Entonces alguna maestra acudía a interrumpir el box silvestre. Pero no cualquiera; había un grupito de maestras "bravas" que se atrevían (porque no era poca cosa, ir a meterse al avispero), sobre todo una, machona, enérgica. Fue ésta la que vino. Los contendientes, dos chicos de tercero, estaban cubiertos de sangre, los guardapolvos desgarrados, locos de excitación. La maestra los separó, no sin trabajo. Uno, el más grande, se retrajo entre su barra de amigos. El otro se largó a llorar a gritos. Le había dado ese hipo de llanto... ¡Si lo conocería yo! La maestra pedía explicaciones a los gritos pero él no podía hablar. Era como si la pelea todavía persistiera en su corazón. Tan patético resultaba que la maestra lo abrazó y lo apretó contra su pecho. Adivinaba la explicación, que efectivamente salió entre sollozos turbulentos: "me insultó a la madre". Ella lo calmaba, lo apretaba... Es que esa clase de maestras, las bravas, podían entender eso, después de todo era el mismo mundo en que vivían ellas. El otro miraba de lejos, entre sus amigos, los ojos llameantes de furia y resentimiento... Y yo mientras tanto, sentía resonar por primera vez la nota de una perplejidad sin límites: ¿madre? ¿qué madre? ¿de qué estaba hablando? ¿Por qué todos parecían darle la razón?
Yo había presenciado la riña desde el primer momento, estaba segura de no haberme perdido nada, y sabía que la palabra "madre" no se había pronunciado en ningún momento. Las otras sí, pero ésa no. Era tan obvio que no tuve más remedio que convencerme de que la madre estaba implícita. Y habiendo tantas cosas aptas para intrigarme, ésta lo hizo más que cualquier otra, y no pude sacármela de la cabeza.
Pues bien, un día en medio de la clase le pedí permiso a la maestra para ir al baño. Lo hacía siempre, y lo hacían todos. Yo, y supongo que con los demás pasaba lo mismo, ni tenía ganas ni calculaba el momento de pedir permiso. Era un súbito. El único triunfo pleno que puedo recordar de mi infancia. Para la maestra, ver la manito levantada, adivinar de qué se trataba (porque nunca era algo que valiera la pena, por ejemplo preguntarle en qué casos se usaba la b y en cuáles la v) y estallar, era todo uno: ¡Vaya! ¡Pero es el último! ¡El último! Y el que había tenido la brillante inspiración de pedir en aquel momento, en aquel momento que se revelaba como el último, salía corriendo loco de felicidad bajo las miradas de odio y amargura de todos los demás, que se sentían excluidos para siempre, sentían perdida la oportunidad... Pero la oportunidad se repetía, idéntica, y era consumada, cuatro o cinco veces cada hora de clase. Siempre la vivíamos como un absoluto, y la maestra repetía siempre su ultimátum, aunque nunca negaba el permiso, porque las maestras de primer grado vivían con el terror, el único efectivo en ellas, de que alguno se hiciera encima. Pero no lo sabíamos. Cosas de chicos. Lo que me asombra es que yo haya entrado tan bien en el juego. Más propio de mí, mucho más, habría sido aguantar hasta que se me reventara la vejiga. Pero no. Pedía sin ganas, como todos los demás. En eso me ponía a la altura de mi generación.
Había una coincidencia mágicamente repetida que quizás explique esta incongruencia de mi carácter. Cada vez que yo pedía ir al baño, dos o tres veces por día, en cualquier momento casual que caía del cielo, y atravesaba el patio desierto, otro chico también lo hacía, un chico de otro grado, no sé de cuál. Habíamos terminado por hacernos amigos. Se llamaba Farías. ¿O Quiroga? Ahora que quiero acordarme, se me mezclan los nombres. Quizás eran dos.
Esta vez, no faltó a la cita, que jamás habíamos soñado en concertar. Las paredes gris oscuro del baño estaban cubiertas de grafittis. Los chicos robaban tizas todo el tiempo para escribir ahí. Yo nunca les había dedicado sino la más distraída de las miradas.
Farías me señaló una de las escrituras, grande y reciente. Cuando pasaban unos días en la pared, los vapores amoniacales fortísimos del baño degradaban la tiza; ésta debía de ser del día, porque las letras brillaban de tan blancas, eran letras de imprenta, furiosamente legibles, aunque no para mí; yo veía sólo palos horizontales y verticales en una combinación disparatada. Hasta ese momento había creído que los grafittis del baño eran dibujos, dibujos incomprensibles, runas o jeroglíficos. Farías esperó a que yo lo "leyera", y después se rió. Yo me reí con él, sinceramente. ¡Qué dibujo gracioso! De veras me causaba gracia. ¡Qué idea!, pensé: ¡Dibujos incomprensibles! Pero algo me retuvo de comentarlo en voz alta; mi hipocresía tenía repliegues que a mí misma se me escapaban. Farías sí hizo un comentario, sobrador, alusivo... No recuerdo qué dijo. Era algo sobre la madre. Eso me bastó, para mi desgracia. Comprendí, y fue como si el mundo se me cayera encima.
Lo que comprendí fue qué significaba leer. ¡La madre estaba implicada ahí también! Lo que yo había tomado por dibujos, por una especie de álgebra rebuscada en la que se especializaban las maestras por motivos que no me incumbían, significaba en realidad lo que se decía, lo que podía decirse en todas partes, lo que yo misma decía. ¡Había creído que era cosa de la escuela, y era cosa del mundo! Eran las palabras, era el enmudecimiento de las palabras, la mímica, el proceso por el que las palabras se significaban... Comprendí que yo no sabía leer, y que los demás sí sabían. De eso se trataba, todo lo que había estado sufriendo sin saberlo. La magnitud del desastre se me reveló en un instante. No es que yo fuera muy inteligente, muy clarividente; eso se entendía en mí sin que yo pusiera casi ni da de mi parte, y ahí estaba lo más horrible. Me quedé clavada frente a la inscripción, mirándola como si me hipnotizara. No sé qué pensé, qué resolví... quizás nada. Lo que recuerdo a continuación fue que en mi pupitre donde vegetaba tarde tras tarde abrí el cuaderno todavía en blanco, tomé el lápiz que todavía no había usado, y reproduje de memoria aquella inscripción, raya por raya, sin saber qué era eso pero sin equivocarme en un solo trazo:

LACONCHASALISTESPUTAREPARIO

Debo decir que Farías no lo había leído en voz alta, así que yo no sabía a qué sonidos correspondían esos dibujos. Pero mientras lo escribía, lo sabía. Es que saber nunca es un bloque. Se sabe parcialmente. Por ejemplo yo sabía que eran malas palabras, que era una nebulosa, que la madre estaba en cierto nivel de implicación, sabía de las violencias, de las peleas, del insulto a la madre, la furia, la sangre, el llanto... Otras cosas las ignoraba, pero estaban tan inextricablemente mezcladas con las que sabía que no habría podido discernirlas. De hecho, en este caso particular había cosas que yo ignoraría mucho tiempo más. Hasta los catorce años creí que los niños nacían por el ombligo. Y el modo en que me enteré de que no era así, a los catorce años, fue muy peculiar. Yo estaba leyendo en una Selecciones un artículo sobre educación sexual, y en un párrafo donde se hablaba de la ignorancia en que se mantenía a las niñas japonesas, encontré este ejemplo de enormidad: una joven japonesa de catorce años manifestó creer que los niños nacían por el ombligo. Era exactamente lo que creía yo, una joven argentina de catorce años. Salvo que desde ese instante sabía que no era así. Y no sé si con razón o sin ella, compadecí a la japonesita.
Aquel día, cuando volví a casa, no veía el momento de que mamá viera lo que había escrito. Pero no lo veía no tanto por anhelo como por terror. Sabía que pasaría algo terrible, pero no sabía qué. No saqué el cuaderno de la cartera, no se lo mostré a mamá. Ella fue a sacarlo y lo miró. Quién sabe por qué lo hizo; después de los primeros días, al comprobar que mi cuaderno volvía siempre en blanco, no lo había tocado en semanas. Quién sabe qué señal le mandé. Al leerlo gritó y se demudó. Siguió protestando todo el día, con la idea fija. Ese pequeño cartel le vino de perillas, porque desencadenó su espíritu combativo, que lo tenía y que los acontecimientos recientes habían tenido refrenado. Le dio aire. Al día siguiente entró conmigo a la escuela y tuvo una conferencia de una hora en la dirección con mi maestra. Me hicieron comparecer, pero por supuesto no me sacaron una palabra. Ni la necesitaban. Desde la galería abierta donde me quedé (del grado se había hecho cargo la Secretaria mientras duraba la reunión) oí los gritos de mamá, los insultos feroces con que cubría a la maestra, sus argumentos implacables (basados en que yo no sabía leer). Fue uno de los escándalos memorables de la Escuela 22 de Rosario. Al fin, poco antes de que sonara la campana, la maestra salió de la dirección y se metió en el grado, que era el primero de la galería. Al pasar a mi lado ni me miró ni me invitó a seguirla: de hecho, no volvió a dirigirme la palabra ni la mirada en todo el año. Durante el recreo, mamá se fue: entre la barahúnda de chicos y maestras no la vi salir. Cuando volvió a sonar la campana, me metí en el aula como siempre y me senté en mi banco. La maestra se había recuperado un poco, no mucho. Tenía los ojos enrojecidos, estaba terrible. Para variar, se hizo un silencio de muerte. Los treinta pares de ojos infantiles se clavaban en ella. Estaba de pie frente al pizarrón. Quiso hablar, y le salió un cuac quebrado. Ahogó un sollozo. Con movimientos bruscos, de maniquí, dio un paso adelante y acarició la cabeza de un niño sentado en un banco de adelante. Quiso poner mucha ternura en el gesto, y estoy segura de que de veras la tenía, quizás nunca en su vida había tenido más ternura en su corazón, pero sus movimientos eran tan rígidos que el chico se echó atrás asustado. Ella no lo notó y le acarició igual la cabecita piojosa. Lo mismo a otro, y a un tercero. Aspiró fuerte, y habló al fin:
-Yo digo siempre la verdad. Yo verdo siempre la digo. Yo niños. Yo soy la verdad y la vida. Yo vido. La verda. La niños. Soy la segunda mamá. La mamunda segú. Yo los quiero a todos por igual. Yo los igualo a todos por mamá. Les digo la verdad por amor. La amad por verdor. La mamá por mamor. ¡Por segunda verdanda! ¡A todos! ¡A todos! Pero hay uno... Uro hay peno... Uy ay pey...
La voz se le quebraba, demasiado aguda. Levantó el índice, vertical. Fue el único gesto que hizo en ese discurso memorable... El dedo estaba firme y ella era un temblor general; a continuación, y al mismo tiempo, el dedo temblaba y toda ella estaba firme como un metal... Las lágrimas le corrían por la mejilla. Continuó, tras la pausa:
-El niño Aira... Está entre ustedes, y parece igual que ustedes. Quizás ni lo han notado, tan insignificante es. Pero está. No se confundan. Yo les digo siempre la verda, la sunda, la guala. Ustedes son niños buenos, inteligentes, cariñosos. Los que se portan mal son buenos, los repetidores son inteligentes, los peleadores son cariñosos. Ustedes son normales, son iguales, porque tienen segunda mamá. Aira es tarado. Parece igual, pero igual es tarado. Es un monstruo. No tiene segunda mamá. Es un inmoral. Quiere verme muerta. Quiere asesinarme. ¡Pero no lo va a lograr! Porque ustedes van a protegerme. ¿No es cierto que van a protegerme del monstruo? ¿No es cierto...? Digan...
-…
-Digan "sí señorita".
-¡Sí señorita!
-¡Más fuerte!
-¡¡Síí seeñooriitaa!
-Digan "ñi sisorita".
-¡Ri soñonita!
-¡Más fuerte!
-¡ ¡Ñoorriiñeesiireetiitaa!!
-¡¡Mááás fueeerteee!!
-¡ ¡Ñiiitiiiseetaaasaaañoooteeeriiitaaa!!
-Mmmuy bien, mmmuybien. Protejan a su maestra, que tiene cuarenta años de docencia. La maestra se va a morir en cualquier momento y después va a ser tarde para llorarla. El asesino la mata. Pero no importa. No lo digo por mí, que ya viví mi vida. Cuarenta años en primer grado. La primera segunda mamá. Lo digo por ustedes. Porque a ustedes también quiere matarlos. A mí no. A ustedes. Pero no tengan temor, que la maestra los protege. Hay que tener cuidado, de la yarará, de la araña pollito y del perro rabioso. Pero de Aira más. Aira es mil veces peor. ¡Tengan cuidado con Aira! ¡No se acerquen a él! ¡No le hablen, no lo miren! Hagan como si no existiera. A mí ya me había parecido que era tarado, pero no sé... nnno sé... Nnno me daba cuenta... ¡Ahora sí me di cuenta! ¡No se ensucien con él! ¡No se enfermen con él! No le den ni la hora. No respiren cuando él está cerca, si es necesario muéranse de asfixia pero no le den bolilla. ¡El monstruo mata! Y sus mamas van a llorar si ustedes mueren. Me van a querer echar la culpa a mí, yo las conozco. Pero si se cuidan del monstruo no va a pasar nada. Hagan como si no existiera, como si no estuviera aquí. Si no le hablan ni lo miran, es inofensivo. La señorita los protege. La señorita es la segunda mamá. La señorita los quiere. La señorita soy yo. Yo digo siempre la verdad...
Así siguió un buen rato. En cierto punto empezó a repetir, y repitió todo lo que había dicho, como un grabador. Yo veía a través de ella. Veía el pizarrón donde ella misma había escrito: Zulema, zapato, zorro... con su caligrafía perfecta... La letra era lo más lindo que tenía. Y ya había llegado a la zeta... Yo la encontraba alterada, pero no me parecía que estuviera diciendo barbaridades. Todo me parecía transparente de tan real, y leía las palabras en el pizarrón... Leía... Porque ese día aprendí..."

-Texto, César Aira // Fotografía, Vladimir Clavijo-

jueves, abril 15

Lo bello y lo triste (Fragmento)




"...Se habían establecido en Kyoto porque su madre quería distraer a la muchacha de su dolor, de modo que ambas evitaban mencionar a Oki. A pesar de todo, solas en una ciudad que les era poco familiar, en la que sólo podían recurrir la una a la otra en procura de consuelo, no podían evitar ver la imagen de Oki en el corazón de ambas. Para la madre, Otoko era un espejo que reflejaba a Oki, y para Otoko, la madre era otro tanto. Y ambas veían su propia imagen en el otro espejo.

Un día, mientras escribía una carta, Otoko abrió el diccionario para consultar el ideograma "pensar". Al repasar los restantes significados (añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste) sintió que el corazón se le encogía. Tuvo miedo de tocar el diccionario...Aun ahí estaba Oki. Innumerables palabras se lo recordaban. Vincular todo lo que veía y oía con su amor equivalía a estar viva. La conciencia de su propio cuerpo era inseparable del recuerdo de aquel abrazo.

(...)

La madre de Otoko murió sin que su hija siguiera aquel consejo. Ése debió ser su último dolor. Era cierto que Otoko nunca había pensado en Oki como un veneno. Ni siquiera en la habitación enrejada de la clínica psiquiátrica había experimentado resentimiento u odio hacia él. Sólo estaba loca de amor. La poderosa droga que había tomado para quitarse la vida no tardó mucho en ser totalmente eliminada de su cuerpo; Oki y su hijita tampoco estaban ya junto a ella y las cicatrices que habían dejado podían llegar a desaparecer. Pero su amor por Oki permanecía intacto.

El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.

(...)

No le habían permitido ver a su hijita, pero le habían dicho que tenía el pelo renegrido. Al exigir más detalles sobre el aspecto de la niña, su madre le había dicho:
-Era pequeñita y deliciosa; muy parecida a ti.

Otoko comprendía que sólo lo había dicho para consolarla. En los últimos años había visto fotografías de niños recién nacidos y todos les habían parecido muy feos. (...) Por consiguiente, no tenía una idea clara del rostro y de la forma de su hijita. Sólo podía apelar a la visión que llevaba en su alma. Sabía muy bien que la criatura de su "Ascención de un infante" no se asemejaría a su niña muerta; pero no tenía la intención de hacer un retrato realista. Quería expresar su sentimiento de pérdida, su dolor y su cariño por alguien a quien jamás había visto. Había acariciado este proyecto durante tanto tiempo, que la imagen de su niña muerta se había convertido para ella en un símbolo de anhelo. Pensaba en el cuadro cada vez que estaba triste. Porque, además, aquel cuadro sería un símbolo de su supervivencia a través de los años que siguieron a su tragedia y de la melancolía y belleza de su amor por Oki..."

-Texto, Yasunari Kawabata-

miércoles, abril 14

Once hijos



Tengo once hijos. El primero es exteriormente bastante insignificante, pero serio y perspicaz; aunque lo quiero, como quiero a todos mis otros hijos, no sobreestimo su valor. Sus razonamientos me parecen demasiado simples. No ve ni a izquierda, ni a derecha, ni hacia el futuro; en el reducido círculo de sus pensamientos, gira y gira corriendo sin cesar o más bien se pasea. El segundo es hermoso, esbelto, bien formado; es un deleite verlo manejar el florete. También es perspicaz, pero, además, tiene experiencia del mundo; ha visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su país parece hablar con él más confidencialmente que con los que nunca salieron de su patria. Pero es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni siquiera esencialmente, a sus viajes; más bien es un atributo de la inimitabilidad del muchacho, reconocida por ejemplo por todos los que han querido imitar sus saltos ornamentales en el agua, con varias volteretas en el aire, y que, sin embargo, no le hacen perder ese dominio casi violento de sí mismo. El coraje y el afán del imitador llega hasta el extremo del trampolín; pero una vez allí, en vez de saltar, se sienta repentinamente y alza los brazos para excusarse. Pero, a pesar de todo (en realidad debería sentirme feliz con un hijo semejante), mi afecto hacia él no carece de limitaciones. Su ojo izquierdo es un poco más chico que el derecho y parpadea mucho; no es más que un pequeño defecto, naturalmente, que, por otra parte, da más audacia a su expresión; nadie, considerando la incomparable perfección de su persona, llamaría a ese ojo más chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sí. Naturalmente, no es ese defecto físico lo que me preocupa, sino una pequeña irregularidad de su espíritu que en cierto modo corresponde a aquél, cierto veneno oculto en su sangre, cierta incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su naturaleza, que yo sólo entreveo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace de él mi verdadero hijo, porque ese fallo es al mismo tiempo el fallo de toda nuestra familia y sólo en él es tan aparente. El tercer hijo es también hermoso, pero no con la hermosura que me agrada. Es la belleza de un cantor; los labios bien formados; la mirada soñadora; esa cabeza que requiere un cortinaje detrás para ser efectiva; el pecho extraordinariamente amplio; las manos que fácilmente ascienden y demasiado fácilmente vuelven a caer; las piernas que se mueven delicadamente, porque no soportan el peso del cuerpo. Y, además, el tono de su voz no es perfecto; se mantiene un instante; el entendido se dispone a escuchar; pero poco después pierde el aliento. Aunque en general todo me tienta a exhibir especialmente a este hijo mío, prefiero mantenerlo en la sombra; él, por su lado, no pone reparos, pero no porque conozca sus defectos, sino por pura inocencia. Aún más, no se siente cómodo en nuestra época; como si perteneciera a nuestra familia, pero, además, formara parte de otra, perdida para siempre, a menudo está melancólico y nada consigue alegrarlo. Mi cuarto hijo es tal vez el más sociable. Verdadero hijo de su época, todos lo comprenden, se mueve en un plano común a todos, y todos lo buscan para saludarlo. Tal vez esta apreciación general otorgue a su naturaleza cierta ligereza, a sus movimientos cierta libertad, a sus razonamientos cierta inconsecuencia. Muchas de sus observaciones merecen ser repetidas, pero no todas, porque en conjunto adolecen realmente de extrema superficialidad. Es como aquel que se eleva maravillosamente del suelo, hiende los aires como una golondrina y luego termina desoladamente su vuelo en un oscuro desierto, en una nada. Estos pensamientos me amargan cuando lo contemplo. El quinto hijo es bueno y amable, prometía ser menos de lo que es, era tan insignificante que realmente uno se sentía solo en su presencia; pero ahora ha logrado gozar de cierto crédito. Si me preguntaran cómo, no sabría contestar. Tal vez la inocencia sea lo que más fácilmente se abre paso a través del tumulto de los elementos de este mundo, e inocente lo es. Quizá demasiado inocente. Amigo de todos. Quizá demasiado amigo. Confieso que me siento mal cuando me lo elogian. Parece que el valor de los elogios disminuyera cuando se los prodigan a alguien tan evidentemente digno de elogios como mi hijo. Mi sexto hijo parece, por lo menos a primera vista, el más profundo de todos. Es un cabizbajo y, sin embargo, un charlatán. Por eso no es fácil entenderlo. Si se siente dominado, se entrega a una impenetrable tristeza; si logra la supremacía, la mantiene a fuerza de conversación. Aunque no le niego cierta capacidad de apasionamiento y de olvido de sí mismo, a la luz del día, se le ve con frecuencia debatirse en medio de sus pensamientos, como en un sueño. Sin estar enfermo - nada de eso; su salud es muy buena -, a veces se tambalea, especialmente en el crepúsculo; pero no necesita ayuda, no se cae. Tal vez la culpa de ese fenómeno la tenga su desarrollo fisico, porque es demasiado alto para su edad. Eso hace que en conjunto sea feo, aunque en ciertos detalles es hermoso; por ejemplo, en las manos y en los pies. También su frente es fea; tanto la piel como la forma de los huesos parecen mal desarrollados. El séptimo hijo me pertenece tal vez más que todos los demás. El mundo no sabría apreciarlo como merece, no comprende su tipo especial de ingenio. Yo no exagero su valor, ya sé que su importancia es inconsiderable; si el mundo no cometiera otro error que el de no saber apreciarlo, seguiría siendo impecable. Pero dentro de mi familia no podía pasarme sin este hijo. Introduce cierta inquietud y al mismo tiempo cierto respeto por la tradición, y sabe combinarlos, por lo menos así me parece, en un todo incontestable. Es verdad que él es el menos capacitado para sacar partido de ese todo; no es él quien pondrá en movimiento la rueda del futuro; pero esa manera de ser suya es tan alentadora, tan rica en esperanzas; me gustaría que tuviera hijos, y que éstos tuvieran hijos a su vez. Por desgracia, no parece dispuesto a satisfacer ese deseo. Satisfecho consigo mismo, actitud que me es muy comprensible, pero al mismo tiempo deplorable, y que por cierto se opone notablemente al juicio de sus conocidos, se pasea por todas partes solo, no se interesa por las muchachas y, sin embargo, no pierde nunca su buen humor. Mi octavo hijo es mi desesperación, y realmente no sé por qué motivo. Me trata como a un desconocido, y, no obstante, siento que me une a él un estrecho vínculo paterno. El tiempo nos ha hecho mucho bien; pero antes yo solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio camino; ha roto todo vínculo conmigo; y ciertamente, con su cabeza dura, su cuerpecito atlético aunque cuando era muchacho sus piernas eran muy débiles, pero quizá con el tiempo ese defecto se haya subsanado -, llegará con toda facilidad a donde se proponga ir. Muchas veces deseé volver a llamarlo, preguntarle cómo le iba realmente, por qué se alejaba de ese modo de su padre y cuáles eran sus propósitos fundamentales; pero ahora está tan lejos y ha pasado tanto tiempo que es mejor dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío que usa barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre tan bajo como él. Mi noveno hijo es muy elegante y tiene lo que las mujeres consideran sin lugar a dudas una mirada seductora. Tan seductora que en ciertas ocasiones consigue seducirme a mí, aunque sé muy bien que basta una esponja mojada para borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo curioso de este muchacho es que no trata en absoluto de ser seductor; para él el ideal sería pasarse la vida tendido en el sofá y desperdiciar su seductora mirada en la contemplación del techo o, mejor aún, dejarla reposar detrás de los párpados cerrados. Cuando está en esa posición favorita, gusta de hablar y habla bastante bien, concisamente y con perspicacia; pero sólo dentro de estrechos límites; si se sale de ellos, lo que es inevitable, ya que son tan estrechos, su conversación se vuelve vacua. Uno querría hacerle señas para advertírselo, si hubiera alguna esperanza de que su mirada soñolienta pudiera siquiera verlas. Mi décimo hijo pasa por ser de carácter insincero. No quiero negar totalmente ese defecto ni tampoco afirmarlo. Ciertamente, cualquiera que lo ve acercarse con una pomposidad que no corresponde a su edad, con su levita siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero negro y viejo, pero minuciosamente cepillado; con su rostro inexpresivo, la mandíbula un poco prominente, las largas pestañas que se curvan penumbrosas ante los ojos, esos dos dedos que tan a menudo se lleva a los labios; el que lo ve así piensa: "Éste es un perfecto hipócrita." Pero oídlo hablar. Comprensivo; reflexivo; lacónico; pregunta y replica con satírica vivacidad, en un maravilloso acuerdo con el mundo, una armonía natural y alegre, una armonía que necesariamente vuelve más tenso el cuello y yergue el cuerpo. Muchos que se suponen muy agudos y que por ese motivo creyeron experimentar cierta repulsión ante su aspecto exterior terminaron por sentirse fuertemente atraídos por su conversación. Pero, en cambio, hay otras personas que no ponen reparos en su exterior, pero que consideran su conversación demasiado hipócrita. Yo, como padre, no quiero pronunciar un juicio definitivo, pero debo admitir que estos últimos críticos son por lo menos más dignos de atención que los primeros. Mi undécimo hijo es delicado, quizá el más débil de mis hijos; pero su debilidad es engañosa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y decidido, aunque en el fondo también en esos casos padezca de una debilidad fundamental. Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo parece debilidad al ras de la tierra. ¿No es acaso, por ejemplo, una debilidad la predisposición al vuelo, que después de todo consiste en una inquietud y una indecisión y un aleteo? Algo parecido ocurre con mi hijo. Naturalmente, éstas no son cualidades que regocijen a un padre; evidentemente, tienden a la destrucción de la familia. Muchas veces me mira como si quisiera decirme: "Te llevaré conmigo, padre." Entonces pienso: "Eres la última persona a quien me confiaría. " Y su mirada parece replicarme: "Déjame entonces ser por lo menos la última." Éstos son mis once hijos.

-Texto y Dibujo, Franz Kafka -

lunes, abril 12

El lobo estepario (Fragmento)



...Quizá sea verdad— exclamé violento—, pero con tales verdades como la de que todos tenemos que morir en plazo breve y, por tanto, que todo es igual y nada merece la pena, con esto se hace uno la vida superficial y tonta. ¿Es que hemos de prescindir de todo, de renunciar a todo espíritu, a todo afán, a toda humanidad, dejar que siga triunfando la ambición y el dinero y aguardar la próxima movilización tomando un vaso de cerveza?...
(...)

...El que haya querido los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya querido aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado...

-Texto, Herman Hesse // Imagen, Edvard Munch-

Rayuela (Fragmento)


... La Maga abrió los ojos, se quedó pensando.
- Vos no podrías -dijo-. Vos pensás demasiado antes de hacer nada.
- Parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción, bobalina.
- Partís del principio -dijo la Maga-. Qué complicado. Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás en esta pieza, pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás en la pieza.
- Esta chica lo dejaría verde a Santo Tomás -dijo Oliveira.
- ¿Por qué Santo Tomás? -dijo la Maga-. ¿Ese idiota que quería ver para creer?
- Sí, querida -dijo Oliveira, pensando que en el fondo la Maga había embocado el verdadero santo. Feliz de ella que podía creer sin ver, que formaba cuerpo con la duración, el continuo de la vida. Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de la ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema. Pez, hoja, nube, imagen: exactamente eso ...

-Texto, Julio Cortázar // Imagen, Erica Hopper-
-

Las Ciudades y los intercambios 2




En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

-Texto, Ítalo Calvino // Imagen, Wassily Kandinski-

viernes, abril 9

Horizontal, sí, te quiero



Horizontal, sí, te quiero.
Mírale la cara al cielo,
de cara. Déjate ya
de fingir un equilibrio
donde lloramos tú y yo.
Ríndete
a la gran verdad final,
a lo que has de ser conmigo,
tendida ya, paralela,
en la muerte o en el beso.
Horizontal es la noche
en el mar, gran masa trémula
sobre la tierra acostada,
vencida sobre la playa.
El estar de pie, mentira:
sólo correr o tenderse.
Y lo que tú y yo queremos
y el día –ya tan cansado
de estar con su luz, derecho-
es que nos llegue, viviendo
y con temblor de morir,
en lo más alto del beso,
ese quedarse rendidos
por clamor más ingrávido,
al peso de ser de tierra,
materia, carne de vida.
En la noche y la trasnoche,
y el amor y el trasamor,
ya cambiados
en horizontes finales,
tú y yo, de nosotros mismos.

-Texto, Pedro Salinas // Imagen, Michael John Angel-

Cómo llenarte soledad



Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

-Texto, Luis Cernuda // Imagen Renato Guttuso-

miércoles, abril 7

Menos que el circo ajado de tus sueños...



Menos que el circo ajado de tus sueños
y que el signo ya roto entre tus manos.
Menos que el lomo absorto de tus libros
y que el libro escondido
de páginas en blanco.
Menos que los amores que tuviste
y que el tizne que alarga los amores.
Menos que el dios que alguna vez fue ausencia
y hoy ni siquiera es ausencia.
Menos que el cielo que no tiene estrellas,
menos que el canto que perdió su música,
menos que el hombre que vendió su hambre,
menos que el ojo seco de los muertos,
menos que el humo que olvidó su aire.

Y ya en la zona del más puro menos
colocar todavía un signo menos
y empezar hacia atrás a unir de nuevo
la primera palabra,
a unir su forma de contacto oscuro,
su forma anterior a sus letras,
la vértebra inicial del verbo oblicuo
donde se funda el tiempo transparente
del firme aprendizaje de la nada.
y tener buen cuidado
de no errar otra vez el camino
y aprender nuevamente
la farsa de ser algo.

-Texto, Roberto Juarroz // Imagen, René Magritte

viernes, abril 2

Silogismos de la amargura



El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.

*

En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.

*

Para vengarnos de quienes son más felices que nosotros, les inoculamos -a falta de otra cosa- nuestras angustias. Porque nuestros dolores, desgraciadamente, no son contagiosos.

*

Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.

Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede?. Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez «tocado», ya no soy yo quién decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente.
¿La libertad? Sofisma de la gente sana.

*

En la Antigüedad, el filósofo que no escribía, pero pensaba, no se exponía al desprecio; desde que nos postramos ante la eficacia, la obra se ha convertido en el absoluto del vulgo; a quienes no producen se les considera «fracasados». Sin embargo, esos «fracasados» habrían sido los sabios de otros tiempos; ellos rehabilitarán nuestra época por no haber dejado trazas en ella.

En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.

*

¿Alguien emplea continuamente la palabra «vida»? Sabed que es un enfermo.

¿Nuestros ascos? Desvíos del asco que nos tenemos a nosotros mismos.

*

Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.

Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro: al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se les espose y se les aísle.

*

Apenas se medita ya de pie, y menos aún andando. Fue nuestros empeño en conservar la posición vertical lo que originó la Acción; por ello, para protestar contra sus perjuicios, deberíamos imitar la postura de los cadáveres.

Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos como escapar a los que nos acosan.

*

Dichosos esos frailes que, al final de la Edad Media, corrían de ciudad en ciudad anunciando el fin del mundo. Poco les importaba que sus profecías tardaran en cumplirse. Podían desmandarse, dar rienda suelta a sus terrores, descargarlos sobre las muchedumbres; terapéutica ilusoria en una época como la nuestra, en la que el pánico, introducido en las costumbres, ha perdido sus virtudes.

Para dominar a los hombres hay que practicar sus vicios y añadir a ellos alguno más. Véase el caso de los papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la Iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada: la abstinencia, lo mismo que la moderación, les ha resultado nefasta; convertidos en personas respetables, nadie les teme ya. Edificante crepúsculo de una institución.

*

El prejuicio del honor es propio de las civilizaciones rudimentarias. Cesa con la aparición de la lucidez, con el reinado de los cobardes, de aquellos que, habiéndolo «comprendido» todo, no tienen ya nada que defender.

Hemos saboreado todos el mal de Occidente. Sabemos demasiado del arte, del amor, de la religión, de la guerra, para creer aún en algo; hemos perdido además tantos siglos en ello... La época de la perfección en la plenitud está terminada. ¿La materia de los poemas? Extenuada. ¿Amar? Hasta la chusma repudia el «sentimiento». ¿La piedad? Visitad las catedrales: ya no se arrodillan en ellas más que los ineptos. ¿Quién desea aún combatir? El héroe está superado; únicamente la carnicería impersonal sigue de moda. Somos fantoches clarividentes, ya sólo capaces de hacer muecas ante lo irremediable.
¿Occidente? Una posibilidad sin futuro.

*

Quién por distracción o incompetencia detenga, aunque sólo sea un momento, la marcha de la humanidad, será su salvador.

Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.

*

Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

En cuanto un animal se trastorna, comienza a parecerse al hombre. Observad un perro furioso o abúlico: parece como si esperara a su novelista o a su poeta.

*

Constituye una gran injuria contra el hombre pensar que para destruirse necesita una ayuda, un destino... ¿No ha gastado ya lo mejor de su talento en liquidar su propia leyenda? En ese rechazo de durar, en ese horror de sí mismo, reside su excusa o, como se decía antes, su «grandeza».

Si la Historia tuviera una finalidad, qué lamentable sería el destino de quienes no hemos hecho nada en la vida. Pero en medio del absurdo general nos alzamos triunfadores, piltrafas ineficaces, canallas orgullosos de haber tenido razón.

*

Tanto he mimado la idea de la fatalidad, a costa de tan grandes sacrificios la he alimentado, que ha acabado por encarnarse: de la abstracción que era, ahora palpita irguiéndose ante mí, aplastándome con toda la vida que le he dado.

Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar; pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc.

*

«Señor, sin ti estoy loco, pero más loco aún contigo.» Ese sería, en el mejor de los casos, el resultado de la reanudación del contacto entre el fracasado de abajo y el fracasado de arriba.

¡Cuantos problemas para instalarse en el desierto! Más espabilados que los primeros ermitaños, nosotros hemos aprendido a buscarlo en nosotros mismos.

*

De todo lo concebido por los teólogos, las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas, son las dedicadas al Diablo. Su tono cambia y se aviva su elocuencia cuando, dando la espalda a la Luz, se consagran a las Tinieblas. Se diría que vuelven a su elemento, que lo descubren de nuevo. Al fin pueden odiar, por fin les está permitido; se acabó el ronroneo sublime o la salmodia edificante. El odio puede ser abyecto; extirparlo es, sin embargo, más peligroso que abusar de él. La Iglesia ha sabido evitar a los suyos, sabiamente, tales riesgos; para que puedan satisfacer sus instintos, los excita contra el Demonio; ellos se aferran a él y le roen: por fortuna es un hueso inagotable... Si se lo quitaran, sucumbirían al vicio o a la apatía.

Cuando, por apetito de soledad, hemos roto nuestros lazos con los demás, el Vacío nos embarga: nos quedamos sin nadie a nuestra disposición. ¿A quién liquidar ahora? ¿Dónde encontrar una víctima duradera? -Semejante perplejidad nos abre a Dios: al menos con El estamos seguros de poder romper indefinidamente...

*

En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir, únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.

¿Quién abusaría del sexo sin la esperanza de perder en él la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?

*

En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza por fin la gloria -mientras dura un grito.

La dignidad del amor consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba.

*

En la época en que la humanidad, apenas desarrollada, se ejercitaba ya en la desgracia, nadie la hubiera creído capaz de poder producirla en serie un día.

Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.

*
¿La «experiencia hombre» ha fracasado? Había fracasado ya con Adán. Sin embargo, es legítimo preguntar: ¿tendremos la suficiente inventiva para parecer aún innovadores, para agravar semejante descalabro?
Esperándolo, perseveremos en el error de ser hombres, comportémonos como farsantes de la Caída, seamos terriblemente frívolos.

Antes se pasaba con gravedad de una contradicción a otra; ahora sufrimos tantas a la vez que no sabemos ya por cuál interesarnos ni cuál resolver.

*
Sin poseer la facultad de exagerar nuestros males, nos sería imposible soportarlos. Atribuyéndoles proporciones inusitadas, nos consideramos condenados escogidos, elegidos al revés, halagados y estimulados por la fatalidad.
Afortunadamente, en cada uno de nosotros existe un fanfarrón de lo Incurable.

Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por su necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.

*

He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales.

-Texto, Emile Cioran-

jueves, abril 1

Elegía en abril



Andaba yo volando por el suelo,
sin zapatos,
sin mi traje de nube de las nubes;
sola para tus manos,
patética,
inviolada,
pobre,
sola para tus manos,
sola,
y me empinaba hasta rozarte el ángel.
Andaba yo
-noche sobre la noche-
distraída en tu voz de inconfundibles dalias;
andaba yo como entre acosos de belleza,
clásica,
lírica,
absoluta,
y en las paredes profanadas por otros sin el sueño
rebotaban lejanías, pedazos de palabras,
besos
que guardaré mañana.
Mi boca dio en la tuya
como un ave de paso.
Pensé en abril
y en que las noches de amor son breves como
fósforos negros
De qué serán los versos sino de aquella sombra
que hicimos sobre el lecho?
Su enredadera me arroja en la inocencia
y otra vez soy la misma
que demoraba su salud de novia.

Me he preguntado hoy si tú entendías la media luz
si hallaste el todo,
si te faltaba piel, no quiero, entraña, como a mí.
Me he preguntado si asumes la ternura de memoria,
si odias tu trabajo, los relojes, mi ómnibus,
el alba fiera, insobornable...
¡Ay, tantas cosas...
(¡Qué trastorno hace aquí si te recuerdo,
qué venas tengo nuevas si me ayudas
a duplicar el alba
otra vez en mi frente!)
Y las preguntas pasan inalterables, con verano,
ayer, ahora, siempre,
siempre, ahora, ayer,
y quedo muda sobreseyendo un pájaro,
la fiebre, el mar,
la arena que debe estar contigo,
todas las soledades,
el desayuno triste como un acuerdo impronunciado.
¡Ay, qué palabra diré para ignorarte,
en cuál silencio no hablaré tu nombre
que ya supe!
Mira, te quejas y el amor instala
la agonía,
el tiempo,
la casa extraña donde empecé tu carne
hecha de estalactitas y misterios.
Mira, te quejas,
y yo me acojo a un zumo de azucenas porfiadas,
a niños que desean intervenir mi vientre.
Mira, te quejas,
y estoy yo sola con tu voz
-nelumbio, amarillez, cauto cristal-
viviendo el alarido de la noche muerta
que resucito en el poema.

Yo me pregunto hoy cómo aplacar el cisne,
lo inefable de tu tedio,
la marca de mi alma,
esto que no es morirme aunque me muero.
Y sigo oscura, oscura, oscura,
por gusto derramada,
como esos sauces que nos dicen llantos
que no oímos,
como esas olas que se acaban tan cerca y no miramos,
como esos cánceres horribles que ni duelen,
como esa luz que aunque es la luz porque es la luz
nos deja ciegos...

Yo me pregunto,
llama que no se dijo,
cerrada puerta,
óxido,
hueso maldito,
sed;
yo me pregunto cómo saberte a toda la sorpresa,
a adolescencia,
a naufragio por fin,
a vértigo,
a imposible;
cómo salir de pronto a condenar tu sangre,
a dividirte en truenos,
a ser otra
metida en tus gavetas de estudiante.
Pregunto,
y me socorren todos los incendios del mundo
y vuelvo sola,
y sola vuelvo
y vuelvo sola.
No sé qué tengo. Digo que es jueves
y me asesina un miércoles.
Llega el frío.
Paseo entre callados árboles
sin otro aviso
que el que me traen las horas que nos vieron.

-Texto, Carilda Oliver // Imagen, Frida Kahlo

Ulises (Fragmento)



Abrió la carta dentro del periódico.

Una flor. Creo que es una. Una flor amarilla con los pétalos aplastados. ¿No está enojada, entonces? ¿Qué dice?

Querido Henry,

Recibí tu última carta para mí y muchas gracias. Lamento que no te gustara mi última carta. ¿Por qué adjuntaste estampillas? Estoy terriblemente enojada con vos. Me gustaría poder castigarte por eso. Te llamé nene travieso porque no me gusta esa otra palarba. Por favor, decime de verdad qué quiere decir esa palabra. ¿No estás satisfecho en tu casa pobre nene travieso? Me gustaría hacer algo por vos. Por favor decime qué pensás de esta pobre yo. Muchas veces pienso en el hermoso nombre que tenés. Querido Henry, ¿cuándo nos vamos a encontrar? Pienso en vos tantas veces no sabés cuánto. Nunca me sentí tan atraida por un hombre como con vos. Me siento tan mal al respecto. Por favor, escribime una larga carta y contame más. Recordá que si no voy a castigarte. Así que ya sabés lo que voy a hacerte, nene travieso, si no escrebís. Oh cuánto falta para encontrarnos. Henry querido, no rechaces mi pedido antes que se me acaben la paciencia. Después de eso te cuento todo. Ahora adiós, querido travieso. Tengo un dolor de cabeza tal hoy y contestá a tu ansiosa

MARTHA.

P.D.: Decime qué clase de perfume usa tu mujer. Quiero saber.

Arrancó la flor gravemente del broche olió su casi no olor y la puso en el bolsillo superior. Lengua de flores. A ellas les gusta porque nadie puede oir. O un bouqué envenenado para matarlo. Luego, caminando lentamente hacia adelante, leyó otra vez la carta, murmurando una palabra de vez en cuando. Enojada tulipán con vos querido hombreflor castigarte tu cactus si vos no por favor pobre nomeolvides cuánto extraño violetas a queridas rosas cuándo nos pronto anémona a encontrar todo travieso acecho de noche mujer el perfume de Martha. Una vez que la leyó toda, la sacó del periódico y la volvió a poner en el bolsillo.

Leve placer abrió sus labios. Cambió desde la primer carta. Me pregunto si la escribió ella misma. Haciéndose la indignada: una chica de buena familia como yo, de carácter respetable. Podríamos encontrarnos algún domingo después del rosario. Gracias: no me quedan más. Una habitual peleíta de amor. Después corriendo por las esquinas. Horrible como una discusión con Molly. El cigarro tiene un efecto refrescante. Narcótico. Habrá que ir más lejos la próxima vez. Nene travieso: castigar: temor a las palabras, por supuesto. Brutal, ¿por qué no? Hay que probar. De a poco por vez.

Manoseando todavía la carta en su bolsillo le sacó el broche. Un broche vulgar, ¿eh? Lo tiró a la calle. Sacado de alguna ropa de ella: abrochados juntos. Raro la cantidad de broches que siempre tienen. No hay rosas sin espinas.

-Texto, James Joyce // Imagen, Pablo Picasso-
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